EL ESCULTOR DE HUESOS IV

Tecedallo de Saudade II. Otro ideograma Celta, en recuerdo de mis queridos poetas de O Courel.

Me gustan las películas de viajes en el tiempo y una de mis favoritas es “El Día de la Marmota” de Harold Ramis. Lo que me fascina al ver, como se repite en un bucle sin fin, ese preciso día, es la oportunidad que se le da al protagonista, de ensayar y equivocarse todas las veces necesarias, para lograr cualquier cosa que se proponga. Está obligado a volver al principio, una y otra vez, hasta que todo le salga bien.

El reverso, está firmado, fechado, numerado, y con la Cruz
de Compostela, como corresponde a los huesos del Camino
de Santiago.

Precisamente, me acuerdo de esta historia, porque he empezado un trabajo que, como el de pianista, está sustentado en la práctica, en ejercitar la mano, el pulso… Y estoy saltándome todo ese proceso de aprendizaje. Justo lo contrario de lo que sucede en la película.

Noto como corre el contador, inexorable, e igual que a un Nexus VI de Blade Runer, se me agota el tiempo. Ya no es una opción entrar en un taller y “aprender el oficio”, o ir a un curso, ni nada parecido. No pienso practicar, quiero hacer, sin más.

La primera vez que fui a montar a caballo, iba con un grupo de amigos bastante numeroso. El encargado del picadero decidió separarnos en dos grupos, los que supieran montar y los que no. Yo me puse con los que tenían experiencia, sin dudarlo. Y aunque estuve a punto de caerme un par de veces, galopé. Nuestro grupo salió a cabalgar por los caminos, mientras el otro, el más numeroso, se quedó dando vueltas, al paso, dentro de una nave cubierta de polvo. Al terminar alguien me preguntó:
-¿Pero tu no decías que nunca habías montado?-

-Es cierto, recuerdo que contesté , pero he visto suficientes películas de vaqueros.-

Tecedallo de Saudade III. Se trata de otro ideograma Celta, pero contiene una cierta atmósfera oriental.

Es que no sabía cuando volvería a sentarme sobre un caballo, y deseaba galopar de verdad, no aceptaba quedarme dentro de aquel picadero polvoriento. No era una opción, lo mismo que ahora, no estoy dispuesto a permanecer encerrado dentro de esta puñetera crisis, dando vueltas, al paso, siguiendo las instrucciones de nadie. Vale, la razón dice que para empezar, es más seguro ir paso a paso, pero lo que me pide el cuerpo, es agarrar cortas las riendas, apretar las rodillas y golpear fuerte con los talones. Y con la que esta cayendo, me fío más del corazón que de la cabeza, pienso elegir el camino que señala mi intuición y si alguien me pregunta: ¿Pero tu habías hecho esto antes? Ya sé que le voy a contestar… No, pero he visto suficientes tallas de mi abuelo.

A partir de ahora, cada modelo tendrá su numeración. Que
sepáis, aquellos que tenéis una de las primeras piezas, que
pasan a ser “fuera de serie”, y me gustaría que vuelvan por el
taller, para ponerles una marca especial.

Todo esto es una manera, un tanto complicada, de decir que esculpo el hueso sin tener ni idea, como me sale, y que aconsejo tomar mi forma de trabajar, que me dispongo a mostrar, como algo personal y puede que intransferible. Como algo que no es fruto de la experiencia y que irá cambiando, seguro, a medida que descubra la mejor forma de hacerlo. Solo espero que os gusten mis piezas, y que por eso,  sigáis conmigo esta aventura, aunque sea, al menos, para comprobar hasta donde soy capaz de llegar.

Lo primero que me llamó la atención, cuando empecé este proceso fue lo aburrido que es. Como un monje que ilustra un manuscrito interminable. Siempre parece que no avanzas, que nunca vas a terminar. Y después, la precisión. Y no me refiero a que no puedas salirte ni medio milímetro, lo complicado es mantener esa exactitud, durante más de una hora, sin cargarte la pieza. Al principio se agarrotan los dedos del esfuerzo. Hay que acordarse de parar, cada cierto tiempo, para hacer ejercicios con la mano y evitar los calambres.

He descubierto que el mejor enfoque para ser “escultor de huesos” es el de una película de Kung Fu. Tallar hueso, pulir hueso, tallar hueso, pulir hueso… Para mí, se está transformando en un ejercicio de meditación. La postura, la espalda recta ligeramente arqueada hacia dentro, el mentón apuntando hacia abajo, el cuerpo inmóvil. Y la respiración, con el diafragma, lenta, acompasada, para controlar el pulso. Y la mirada, de francotirador, siguiendo con precisión la fresa acariciando el hueso, anticipando la acción, visualizando la trayectoria… Hasta que tengo que salir del trance, porque Ana me recuerda, que hay que recoger a Merlín en la guardería.

El principio es un buen dibujo de base. Uso un dibujo sobre papel, que paso al hueso con “papel de calco” y después retoco.
El primer desbaste de la pieza es crítico. Si te pasas no hay vuelta atrás. Hay que definir los volúmenes.
Después paciencia y concentración. Tallar hueso, pulir hueso… Próximamente, un vídeo y se entenderá mejor.

Tecedallos de Saudade

Dibujos de los primeros diseños: Tecedallo de Saudade I y Tecedallos de Saudade II.  Lapiz sobre papel.
Uxío Novoneira

Conocí a Uxío Novoneira en el otoño de 1991 realizando un documental de la serie “Historias con data” para TVG. El capítulo en cuestión, trata sobre el poeta, pero también habla del progresivo abandono de O Courel (está colgado un fragmento más abajo), y su título es: “Os Eidos, Uxío Novoneira e O Courel de fondo”. Sucedió entonces, que como la casa donde nació el escritor (en Parada de Moreda, cerca de Seoane do Courel) llevaba mucho tiempo cerrada, utilizábamos de centro de operaciones nuestra casa de Louzara, que está apenas a 15 km de allí. Fueron unos días únicos e irrepetibles, estábamos además de Uxío Novoneira, el historiador/investigador José Antonio Durán (director y guionista de la serie) y en la parte técnica mi hermano Carlos y yo. Estos dos “grandes maestros” fueron para nosotros, un lujo, un regalo que nos brindaba aquel programa de la Televisión de Galicia.

Filmábamos durante el día los maravillosos lugares de O Courel, los centenarios soutos de castiñeiros y por la noche, al lado de la chimenea de Louzara, grabábamos unas lecturas poéticas privadas, donde tuvimos la suerte de “registrar”, sin duda, los recitales mas íntimos de Uxío Novoneira. Después (como hace cualquier documentalista que se precie) visionábamos el material grabado durante la larga jornada, mientras nos tomabamos una copita de un aguardiente envejecida mediante un pausado sistema de trasiego (12 años) entre 4 pequeñas barricas de roble, que nuestro padre tenía en la bodega. Esas noches, José Antonio Durán y Uxío Novoneira contaron historias al calor del fuego…

http://youtube.googleapis.com/v/DqkcPJoHnR0&source=uds

Fue en una de aquellas madrugadas de charla, visionando el material, la única vez que oí la palabra “tecedallo”. La pronunció Uxío Novoneira viendo las imágenes que grabamos para el documental. El plano, en concreto, está tomado desde la cima de O Monte Lago y se puede apreciar como se entrelazan los montes, y el otoño, en el valle del río Louzara al atardecer. Simplemente dijo: “esto es un TECEDALLO de cumes”. Y ahí quedó la palabra, registrada en mi memoria durante estos 22 años. Hace falta un poeta para ponerle nombre a las cosas.

Fotograma del documental. El “tecedallo de cumes”. El valle del Louzara, grabado desde la cima de O Monte Lago, mirando hacia Santalla.

Conocí a Fiz Vergara Vilariño (el otro gran poeta de O Courel), si no calculo mal, en el verano de 1977, en su preciosa casa de Santalla, a orillas del río mágico, el Louzara. Fue una de esas visitas familiares de cortesía, que comenzaba como algo intrascendente, con los saludos y parabienes habituales. Pero no podía imaginar, cuando entré en aquella casa, la experiencia que estaba a punto de vivir.

Fiz Vergara Vilariño

Fiz Vergara, que tenía 24 años (yo 17), ya era un poeta reconocido. Me llamó la atención su biblioteca, desde donde observaba, como apartado del mundo, la escena familiar. Eran evidentes los signos de su grave enfermedad y desde el inicio de la larga conversación, su dificultad para articular las palabras. No importó. Conectamos. El azar juntó, en aquel momento y en aquel lugar secreto, a dos “raros” de cuidado. A medida que transcurría el tiempo, cada vez nos entendíamos con más facilidad, y la profunda ironía y extraña sinceridad de aquella charla, creo que ha marcado mi sentido del humor desde entonces… Esa tarde hablamos de muchas cosas, de Zen (mi obsesión en aquella época), de Poesía, Haikus, del Arte de Ser Dios (todo con mayúsculas, como debía ser), pero sobre todo, de la excesiva capacidad de enamorarse. En su mirada no encontré ni un ápice de amargura, como se podría esperar en alguien que habla de la belleza, y vive enamorado, dentro de un cuerpo retorcido. En sus ojos brillaba poderosamente algo que entonces no supe reconocer, chispeaba, eso que casi podría nombrarse como el disfrute de la tristeza. Algo, el pecado original de los gallegos, que ahora sé como se llama: A SAUDADE.

Fotograma del documental. Un souto de castiñeiros de O Caurel. Aquí está permitido creer en la magia.

Toda esta locura, o aventura creativa, del escultor de huesos, no tendría ningún sentido, si no persiguiera un antiguo objetivo, una meta personal rescatada del pasado, un sueño casi olvidado que esta maldita (o bendita) crisis ha hecho resurgir. Algo que iré desvelando poco a poco, pero que no puedo hacer con miedo, o a medias… Y en mi primera obra como escultor, como artesano, me atrevo a unir mis recuerdos de dos poetas muertos: Uxío Novoneira y Fiz Vergara Vilariño. Dos poetas que hunden profundamente sus raíces en las montañas mágicas de O Courel y Louzara. Tengo la absurda pretensión de crear un objeto, que sirva para desenredar la saudade de las finas grietas del subconsciente, de tallar un amuleto, un TECEDALLO de SAUDADE ( mientras escribo llevo uno colgado del cuello) que me sirva para guardar la “negra sombra”, que tantas veces atenaza el alma, y me ayude a quitar peso de la maleta, con la que cargo, en este nuevo viaje. Si es efectivo ya se verá, pero si no tienes uno… no podrás comprobarlo.

Tecedallo de Saudade (lo que viene siendo un “atrapa morriñas”) Un ideograma Celta, tallado en hueso del Camino de Santiago, en recuerdo de Uxío Novoneira y Fiz Vergara Vilariño.

El taller errante

Trabajando, con el taller errante instalado en Louzara, este verano. Foto de Ana.

Nos gusta viajar, y como muchos padres de familia soy técnico especialista en Tetris. Si fuera una carrera superior, tendría el doctorado. He visto como los transeúntes se paraban al ver la asombrosa cantidad de maletas y objetos amontonados al lado del coche, antes de cargarlo para coger carretera. Tengo práctica, encajo los enseres con la misma rapidez y seguridad con la que un marine monta su arma reglamentaria. Me gusta mirar la cara de incredulidad de los observadores cuando termino. El contenido parece envasado al vacío, no cabe nada más, ni un alfiler… Bien, pues a partir de ahora, voy a tener que ir con mi nuevo taller encima y conseguir encontrarle un hueco entre la cuna de viaje y la nevera portátil.

Mi metamorfosis en el escultor de huesos esta siendo más lenta y difícil de lo que esperaba, y eso hace resentirse a mi maltrecha economía. No puedo olvidar que el objetivo es llegar, un día no muy lejano, a ganarme un jornal con mi trabajo. Y aunque dicen: que para ganar dinero hay que gastar dinero (este refrán siempre me pareció el eslogan de un banco para terminar sangrándonos con sus intereses), yo creo que la realidad es otra: cuanto menos gaste al principio, antes empezaré a ganar después.

Por tanto, necesito un taller que pueda transportar con facilidad, y que sea barato. Que me permita trabajar en cualquier lugar donde disponga de una mesa pequeña y un enchufe. De hecho, estas premisas de partida se complementan. Para que las herramientas ocupen el mínimo espacio, lo primero que hay que hacer es comprar solo las imprescindibles, y eso significa ahorro. Para empezar, las cosas que puedo hacer a mano no las pienso hacer con ninguna maquina. Pongo toda la energía que mi trabajo pueda generar, pero no pienso darle ni un kilovatio de más a ninguna compañía eléctrica. Mi sueño es llegar a ser energéticamente autosuficiente (pero esa será otra historia).

Piezas que preparé este verano en la montaña lucense.

En la preparación de las piezas no utilizo ninguna herramienta mecánica. Corto los huesos usando una vieja sierra de arco con hoja para metales, después, termino de dar forma al volumen base, utilizando una lima plana. Solo llevo conmigo los fragmentos de esqueleto listos para el trabajo, ocupan poco espacio y son fáciles de transportar. Como tengo terminantemente prohibido el olor a cadáver en casa, aprovecho las estancias en la montaña (vamos a Louzara siempre que podemos) para estos menesteres preliminares.

Uso una multiherramienta Dremel 300 con lápiz de eje flexible, un poco por casualidad. Fue una oferta que encontré: la Dremel, el lápiz de eje flexible y la abrazadera (o morsa) para mesa, por 70 euros. Es un modelo descatalogado (por eso estaba tan bien de precio) pero tiene suficiente precisión para empezar y sigo pensando que no me equivoqué al comprarla. Encaja perfectamente con la idea de inicio: ligera, pequeña y barata. También incorporé al equipo básico una lampara de leds con lupa. Imprescindible para los detalles más pequeños. Aquí también tuve suerte, estaba negociando en segunda mano, cuando un amigo me mandó el enlace de una buena oferta en un hipermercado. Y para terminar, la mascarilla antipartículas (como no hay estudios sobre como afecta el polvo de hueso a los pulmones, siempre uso mascarilla) y los cascos de protección contra el ruido, artículos necesarios y bastante económicos. Y este es todo el equipo necesario. Ya está, Ana introduce los pagos en la base de datos de gastos y comprueba que no me he pasado ni un pelo en la inversión. Y yo, por supuesto, sacando pecho. CRASO ERROR.

Tallando la carita que aparece en la cabecera del blog. Utilizo la “morsa”, fijada en la mesa, para apoyar las manos y mejorar el pulso. La pieza, suelta, agarrada con índice y pulgar,  porque necesito girarla constantemente. Foto de Ana

Le llamo el taller errante, por un lado, porque anda de una parte a otra sin tener asiento fijo, y por otro, debido a la cantidad de errores que cometí al comprar las “fresas”. Las fresas son como brocas de taladro, que se sujetan al extremo del lápiz de eje flexible, y giran a toda velocidad para desbastar el material. Estas pequeñas cabronas, habían decidido hundirme el presupuesto y amargarme la existencia. El proceso de descubrir cuales son las adecuadas para trabajar el hueso, ha sido tan costoso, largo y difícil, que es la causa de que halla decidido escribir este blog. Creo que mi experiencia puede ser útil para cualquiera que desee empezar este camino y quiera ahorrarse los fallos que cometí yo.

Como ni en los centros comerciales, ni en las ferreterías, tienen este tipo de material (casi nada), compré las fresas por internet en Europa, Asia y América. No las encargué en Australia, porque por algún motivo que desconozco, los gastos de envío desde ese continente son de 60 euros. El caso, es que las probé de todos los tamaños y formas, de todos los tipos y durezas. Rompí muchas, quemé otras y las más, simplemente se gastaron en poco tiempo. Un desastre, no solo por el chorreo de dinero, si no también por las decepciones sufridas. Se hizo habitual esperar más de un mes a que llegara un pedido de China o EEUU (que pensaba resolvería el problema) volver de Correos con mi flamante paquete, para a continuación, romper sin querer, todas y cada una de las fresas que había comprado. Como sería la cosa, que hasta Ana no me hizo ningún reproche a pesar del considerable aumento de nuestra plantilla excel de gastos.

Las fresas que quedaron después de la criba.

Bueno, después de tiempo y dinero, estas son mis conclusiones. Utilizo dos tipos de fresas: las más duras, de carburo de tungsteno, para desbastar el material en la primera etapa de la talla, y las suaves, de diamante, exclusivamente para afinar y hacer los retoques. Cuando no hay que ser muy exacto arrancando material uso las gruesas “Chip Breaker 1.90mm” o “Proxxon tungsten 2.0mm” son muy fuertes y todo lo que pueda adelantar con ellas es durabilidad que consigo con el resto de fresas. A continuación, para delimitar contornos y afinar, utilizo las delgadas “Router RTD 0.8mm” o “Proxxon tungsten 0.8mm”, aprendí a base de romperlas, que están fabricadas para trabajar en vertical y como la posición natural del lápiz es inclinada, por debajo de este grosor son muy quebradizas. Para trabajar una superficie lisa (los pómulos o la barbilla de una cara) son muy buenas las Dremel carburo de Tungsteno “punta esférica 9905” o “punta de huevo 9911”, también son las mas caras, unos 13 euros cada una. Y ahora, mi fresa favorita, la compré, sin ninguna convicción, por probar, y se ha transformado en la punta imprescindible para los detalles más afilados de cualquier diseño. La extraña “V-Bit 30º 0.2 materiales ferrosos” una autentica maravilla.

Una vez terminada la primera parte de la talla, para alisar las superficies, pasamos a las fresas de diamante. Son económicas, fáciles de encontrar, y de todos los tamaños y formas. A diferencia de las de tungsteno, trabajan a velocidades bajas y siempre hay una cosa a tener en cuenta, se desgastan muy rápido. Por eso hay que usarlas solo para afinar los detalles, nunca para desbastar el hueso.

Resumiendo, cada una de ellas tiene un uso determinado, hay que parar y cambiar de fresa constantemente, cada vez que sea necesario. Si no se hace así, la vida útil, de cada una, se reducirá sensiblemente.

Y aquí estoy, ya he conseguido todo el material que necesita un escultor de huesos, pero en vez de sentirme pletórico, lo que tengo, es la sensación de que los costes son excesivos y va a ser muy difícil llegar a cubrir gastos. Los huesos, las fresas, el trabajo… Y para quitarme el mal sabor de boca, decido preparar una “Carne en Pastelón”, se trata de freír un gran filete empanado de tres dedos (unos 5 cm) de grosor, que después de quitar el aceite se rehoga en una generosa cantidad de vino blanco y que normalmente se sirve con patatas panadera. Este plato es delicioso si está hecho con una buena carne, y la mejor ternera gallega que conozco se puede comprar en la carnicería de Pío y Julia, al pie del Monasterio de Samos, a 20 minutos de Louzara. Y mientras cortan la carne les cuento mi proyecto, cosa que les parece muy curiosa, y sin más, deciden apoyarlo en lo que buenamente puedan, que no es otra cosa que surtirme de todo el hueso que necesite sin pedirme nada a cambio. Después del sobresalto inicial, de vuelta a la casa, caigo en la cuenta que con esa ayuda, no solo recibo el impulso que necesitaba, sino que además, han transformado la materia prima de mi trabajo en algo muy especial, algo más profundo y primordial, algo que hunde sus raíces en la misma columna vertebral de Galicia… Ahora trabajo con los huesos del Camino de Santiago.

 ARTESANIAS LITICAS DE SUDCALIFORNIA

CASA DEL ARTESANO SUDCALIFORNIANO

Si quieres conseguir uno: elescultordehuesos@gmail.com

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