El origen, aspecto y costumbres de los antiguos californios

Cuando Hernando de Alarcón llegó al río Colorado en agosto de 1540, quedó sorprendido por la estatura y fuerza física de los cucapás, lo cual ha sido confirmado por estudios antropológicos de investigadores norteamericanos que han determinado, para los yumas del sur de California, emparentados con los cochimíes bajacalifornianos y los cucapás, una estatura superior al promedio de otras etnias, y cuando Vizcaíno arribó a La Paz en 1596, escribió en uno de sus relatos: …Vi cantidad de indios desnudos … notablemente grandes de cuerpo y bien hechos ….Cien años después, Juan María de Salvatierra desembarcó en Loreto en 1697, y cuando los nativos le ayudaron a los españoles a descargar los víveres y provisiones del barco, el misionero se admiró de la fuerza que demostraban , por lo que después escribiría en una de sus cartas: … Hubo unos tres o cuatro indios que trajeron desde la playa hasta la mesa del real de Nuestra Señora de Loreto un tercio de harina cargado en la cabeza … que dista como dos tiros de escopeta ..12., tómese en cuenta que un tercio equivalía a una de las mitades de la carga de una mula, superior a setenta y dos kg..

Respecto a los pericúes que se ubicaban en el extremo sur, los jesuitas los describieron como individuos bien proporcionados, fuertes y de elevada estatura y no tan morenos como sus vecinos del norte… mientras que Pedro Castañeda de Nájera, quien viajó con Melchor Díaz a la delta del Colorado, se refirió a los cucapás diciendo que eran muy altos y fuertes, llevaban de peso sobre las cabezas cuando cargaban, más de tres y de cuatro quintales. Vióse querer los nuestros traer un madero para el fuego y no lo poder traer seis hombres, y llegar uno de aquellos y levantarlo en los brazos y ponérselo él solo en la cabeza y llevarlo muy livianamente…13De todo lo anterior se concluye que los antiguos californios, desde el Colorado hasta Los Cabos, debieron ser generalmente de estatura mediana a alta, bien proporcionados y fuertes.


Los hombres de todas las etnias peninsulares, y aun los que vivían al sur de la Alta California, andaban totalmente desnudos, como lo repitieron sorprendidos todos los europeos que los vieron antes de atraerlos a las misiones, y cuando los primeros indios cristianizados usaron ropa para cubrir su cuerpo, fueron ridiculizados por sus hermanos de raza que aun vivían en las rancherías gentiles.
Sin embargo, los propios misioneros admitían que cuando el clima era frío , sobre todo en las montañas del norte, se cubrían con pieles de animales, y para las caminatas prolongadas usaban una especie de sandalias hechas de cuero de venado o fibras de cactáceas.
Así como la desnudez fue característica de todos los varones, las mujeres californianas siempre le dieron importancia al hecho de cubrirse cuando menos de la cintura a las rodillas. Las mujeres pericúes usaban una capita de los hombros a la cintura y una faldita abierta por los lados, hasta las rodillas por enfrente y un poco más corta por atrás; fabricaban el atuendo de fibras vegetales que obtenían machacando las hojas de una variedad de palma, o agaves, y las fibras sueltas en gran número pendían de cordoncillos que se ataban alrededor del cuello y la cintura.
Con esta vestimenta las mujeres pericúes14 fueron consideradas como las más discretas en la península, junto con algunas de las etnias norteñas que también se tapaban el torso con un capotillo de piel. Las guaycuras se cubrían por detrás, de la cintura a las corvas, con cordoncillos como los usados por las pericúes, y por delante con trocitos de carrizos delgados, perforados y atados en hilera. Las cochimíes se tapaban por enfrente igual que las guaycuras y por detrás con un pedazo de piel de venado o de conejo.
Sobre el vestuario que usaban en la región de Vellicatá, el padre dominico Pedro Gandiaga expuso en un informe al vicario provincial: ….Su vestido en la gentilidad, en los hombres, era la piel humana y en
a mayor parte de las mujeres unos hilitos amarrados en la parte anterior al espinazo, que medio ocultaban la parte más vergonzosa del sexo femenino, quedando todo lo restante de su cuerpo hecho espectáculo desvergonzado; en tal cual se veía por grande gala en su cuerpo un cuero de venado, berrendo, lobo marino, o nutria, que sólo le podía cubrir la espalda y, en una muy rara, un capillo hecho de las  pieles de dichos animales, de liebres y conejos, con el que, si querían, podían cubrirse los pechos. En los cristianos, a lo más que se extendía su ropa era un pedazo de trapo con el que tapaban sus vergüenzas y en las mujeres a otro, aunque cubrían la parte posterior y la anterior con unas sartas de carrizos o cuerdas, una hierba silvestre que tiene alguna semejanza con el cáñamo…..
Las madres nativas eran tan exigentes en su particular concepto del pudor que aun a las niñas de pecho trataban de cubrirlas en esta forma, y cuando ocasionalmente llegaron a ver a pequeñas españolas sin ropa se escandalizaban. Por su parte, las cochimíes que habitaban aproximadamente a los treinta grados de latitud, usaban un capotillo de pieles que Clavijero, tal vez transcribiendo a Wenceslao Link , describió como hermoso, mientras que Sales dice que en los días anteriores a las misiones, los indios utilizaban las pieles de nutria para hacer “medias capas”, pero después las entregaban a los misioneros a cambio de trigo, tabaco o alguna pieza de ropa. En su reporte de 1762 Linck (consultar bibliografía) expresó haber visto a dos nativos de San Borja que usaban unas especies de cobijas gruesas, limpias y con un diseño artístico, como tapete, las cuales estaban
forradas con pieles de nutria o de conejo.
Como todos los indígenas prehispánicos, los antiguos californios tenían el cabello negro y lacio, que se dejaban
crecer hasta los hombros o un poco más arriba, aunque a veces se lo trasquilaban de dos o tres dedos de largo, como lo describió Francisco de Ulloa cuando llegó a Cabo San Lucas. Cada tribu tenía una forma particular de adornar su cabellera; los pericúes se la dejaban larga y la adornaban con sartas de perlas y plumas blancas, así como de caracolillos; los guaycuras acostumbraban algo así como una venda para sujetarse el pelo, mientras que los cochimíes llevaban el cabello más corto y adornaban su cabeza con pedacitos de nácar.
En lo más septentrional de la península, los caciques kumiay usaban en ocasiones una banda ancha colgada de un hombro en forma diagonal, hecha de tejido de fibras vegetales, de la cual pendían plumas de águila o gavilán, que los cubría hasta más abajo de la cintura, mientras que un hombro quedaba desnudo, y se ponían un adorno de plumas en la cabeza.
Los guaycuras portaban a veces cinturones muy ornamentados y era frecuente que tanto varones como mujeres usaran collares y pulseras de conchas, se pintaban el rostro y se horadaban las orejas, de las que colgaban adornos de palo.
Las conchas fueron, en la cultura de estos pueblos, objetos importantes no sólo para el adorno, sino como utensilios y para otros propósitos que no se conocen, pues se han encontrado en sitios arqueológicos muy alejados del mar; viene al caso recordar que cuando el padre Eusebio F. Kino, procedente de la Pimería Alta, buscaba una ruta terrestre hacia California, unos indios le obsequiaron conchas de abulón, estando a más de doscientos kilómetros de la costa del Pacífico.
Juan Bautista de Anza, al establecer la primer ruta terrestre hacia California en 1774, fue de los primeros europeos que conoció a los yumas, etnia del Colorado emparentada con los cucapá, y los describió como de elevada estatura, robustos, menos morenos que los pimas, de facciones que, aun siendo naturalmente agradables, se habían desfigurado con pintura, sus orejas tenían de tres a cinco perforaciones de las que colgaba un anillo; también se perforaban el cartílago de la nariz por el que se pasaban plumas o un pedacito de palma de unos veinte centímetros de largo, andaban desnudos y consideraban el cubrirse como algo feminoide, se arreglaban el pelo con la ayuda de lodo, y sobre él espolvoreaban un polvo que le daba un brillo plateado, y para no descomponer su peinado, solían dormir sentados, lo cual resulta algo dudoso. Dice que las mujeres eran también altas y robustas, y se cubrían, como en casi todas las etnias de la península, con una especie de faldita que les llegaba hasta la rodilla, dividida en dos partes, siendo la de enfrente más corta.
Los jesuitas informaron en sus relatos que los indígenas californianos no vivían en casas sino a la intemperie, y que se refugiaban abajo de los árboles o en cuevas cuando el clima era riguroso, sin embargo, hoy se sabe que los antiguos californios, al igual que los yumas del suroeste de los Estados Unidos y la tribus del sur de California, sí vivían temporadas a la intemperie, cuando la benignidad del clima lo permitía, pero también construían chozas utilizando una armazón de palos de los arbustos regionales, en forma circular, y la cubrían con ramas y cortezas vegetales quedando una enramada en forma de domo.

En algunos lugares tan distantes entre sí como la delta del Colorado y el sur de la península, comenzaban la armazón dejando el nivel del piso a unos treinta cm. abajo del suelo circundante, y a veces, construían la estructura sobre una especie de cerco de piedra, lo cual daba más solidez a la choza.
Refiriéndose a los cochimíes del centro peninsular, con los que tuvo algunos contactos en su viaje por el Golfo de California, Ulloa registró que sus chozas eran de hierbas entretejidas y sin techo, descripción que coincide con la que la que hizo fray Vicente Mora 234 años después sobre las habitaciones de los indios de la región de San Borja, habiendo explicado el dominico que acostumbraban encender dos o tres fogatas en su interior, lo que explica el porqué no tenían techo.
En 1540 Pedro Castañeda de Nájera, compañero de Melchor Díaz en su viaje al Valle de Mexicali, describió las habitaciones que hacían los cucapás de la siguiente forma: … Eran gentes demasiadamente altos y membrudos, así como gigantes, aunque gente desnuda que hacían su habitación en chozas de paja, larga a manera de zahurdas, metidas debajo de tierra, que no salía sobre la tierra más que la paja, entraban por la una parte de largo y salían por la otra …

Hay que agregar que las tribus de esta desértica región frecuentemente ponían lodo en el exterior de la enramada, que ya seco constituía un buen aislante térmico; todavía hoy, algunas casas en el valle de Mexicali se construyen parando ramas entre una armazón de palos y luego se emplastan con lodo.
Los californios agrupaban sus chozas en comunidades que los españoles llamaron rancherías en las cuales vivía un número variable de personas; en las vecindades de lo que hoy es San Diego llegaban a tener doscientos o más habitantes, pero en el sur de la península deben haber sido más pequeñas.
No acostumbraban construir casas permanentes por el nomadismo que practicaban, buscando siempre los mejores sitios para obtener sus alimentos, aunque las tribus del norte construían, en ciertos lugares cercanos a las rutas que seguían en su peregrinar de la costa a la serranía, o viceversa, chozas como las descritas para guardar allí comida, y utilizarlas como habitación temporal mientras no se agotaban los alimentos de la región.

En 1766, el padre Link viajó hasta la Sierra de San Pedro Mártir, y relató que en varios lugares encontró cabañas de “madera labrada” , aunque desiertas, que tal vez eran refugios que usaban los indios en época de frío.

En el diario de Miguel Constanzó, escrito en su viaje a la Alta California en 1769, hizo una descripción con cierto detalle de los diegueños o kumiay del área cercana a San Diego, y que corresponde también a los que vivían en todo el noroeste de la península; se transcribe a continuación parte de ella: …A un tiro de arcabuz del río, fuera del bosquecillo, descubrieron un pueblo o aldea de los mismos indios que iban guiando a nuestros hombres.

Estaba compuesta de varios resguardos hechos de ramas, y cabañas de forma piramidal, cubiertas de tierra. Tan pronto como vieron a sus compañeros con la compañía que traían, todos los habitantes, hombres, mujeres
y niños, salieron a recibirlos, e invitaron a los forasteros a sus casas. Las mujeres estaban modestamente (pudorosamente) vestidas, cubiertas de la cintura a la rodilla con una gruesa tela entretejida. Los españoles entraron al poblado que estaba compuesto por 30 a 40 familias. A un lado de él, se observaba un cercado de ramas y troncos de árboles, en el que, según explicaron, se refugiaban para defenderse del ataque de sus enemigos, siendo una fortificación inexpugnable para las armas que usan entre ellos. Estos nativos están bien hechos, saludables y activos. Andan desnudos sin otra ropa que un cinturón, tejido como red, de ixtle o fibras finas de agave, que obtienen de una planta llamada lechuguilla. Sus aljabas, que encajan entre su cinturón y el cuerpo, están hechas de piel de gato montés, coyote, lobo o venado, y sus arcos son de dos varas de largo.
Además de estas armas, usan una especie de palo para lanzar, de madera muy dura, parecido en la
orma a un sable curvo y corto que arrojan de canto, cortando el aire con gran fuerza. Lo lanzan más lejos que una piedra, y nunca salen a los alrededores sin él. Cuando ven una víbora u otro animal nocivo, le lanzan el palo de lanzar y generalmente cortan al animal en dos…
La alimentación
Puede decirse que los indios de la península se alimentaban prácticamente de todos los animales que podían matar, incluyendo muchos insectos, y de los frutos, raíces y semillas que no eran venenosos, y hasta de algunos que sí lo eran, como la bellota amarga del encino, de la cual tenían que extraer el tanino para poderla usar como alimento. Cuando los misioneros que arribaron a la península contemplaron los áridos lomeríos del sur y las regiones semidesérticas del centro, preconcibieron a los californios como seres famélicos, que apenas podían existir en semejante ambiente, pero ignoraban que aun en el desierto, muchas plantas y una fauna abundante aunque no ostensible, permitían la subsistencia de los nativos, pero sobre todo, no se daban cuenta, aunque la tenían ante sus ojos, que una de las zonas pesqueras más importantes del mundo rodeaba a la península y era aprovechada por los indígenas. Esto no significa que los naturales disfrutaban todos los días de opíparos festines, pero sí debe rectificarse la tradición histórica que comparten muchos autores, en el sentido de que aquellas tribus vivían en una constante hambruna, lo cual resulta contradictorio con la descripción que los propios jesuitas y varios exploradores hicieron de su gran fortaleza física y armonía anatómica; el hambre los abatió después, cuando fueron olvidando sus costumbres de cazadores recolectores y se hicieron sedentarios.
Según las circunstancias del medio geográfico y época del año, comían en ocasiones moluscos como el abulón, los choros o mejillones, las almejas y las ostras, algunos de los cuales se pueden atrapar con facilidad aun en este tiempo; también comían la carne de víbora, lagartijas, ardillas, conejos, zorras, coyotes, el venado, el borrego o “tayé”, y el berrendo; la carne la preferían medio asada o secada al sol, y los insectos casi siempre tostados, sobre todo los chapulines y los gusanillos de ciertas avispas cuyos panales colgaban de las rocas, a los cuales les exprimían el intestino con los dedos antes de tostarlos; comían pescado, tortugas, lobos marinos, y es casi seguro que diversas aves también formaran parte de su dieta. Recolectaban raíces, semillas y diversos frutos, como la pitahaya (“tammiá” o “dammiá”, en cochimí ); la pitahaya agridulce (“ tajuá”); el garambullo “gkakil”); la tuna (“a”); los nopales tiernos; el fruto del datilillo; la semilla de la jojoba, de muy agradable sabor; el “asigandú”, de cuyas vainas sacaban las semillas, que tostadas y molidas formaban una harina alimenticia; el “ tedeguá”, cuya almendra es sabrosa; el quiote de un agave, que tatemado tiene sabor dulce, pero crudo produce molestias en la garganta; y las pencas del mezcal, tatemado en pozos; el guacamote o yuca dulce (“ufuí”); una especie de jícama y otras muchas más.
En las partes altas de las sierras californianas existían, y aun hay, bosques de pino piñonero cuya semilla recolectaban los nativos, y de los encinales obtenían las bellotas, que era uno de los principales alimentos para quienes habitaban desde San Quintín hasta la Alta California. La técnica que empleaban para quitar el sabor amargo a las bellotas consistía en lo siguiente: 1. Tostaban las bellotas en las brasas. El autor ha comprobado que el calor las hace partirse a lo largo. 2. Les quitaban la cáscara. 3. Las colocaban en una piedra y las molían. 4. Para quitarles lo amargo, colocaban el alimento en una canasta, si es que sabían hacerla, como los indios del norte, o en un nido de arena en el que acomodaban hojas para que no se ensuciara la comida, luego, echando
piedras calientes en un depósito con agua, la calentaban para vaciarla sobre la harina de las bellotas, hasta que éstas perdían lo amargo y podían comerse. Cabe mencionar que indios prehispánicos de regiones tan distantes como Nuevo México y Baja California, hervían el agua por el método mencionado de poner en el líquido piedras calentadas hasta el rojo vivo, retirar las que se enfriaban y meter más de las que tenían calientes en el fuego, auxiliándose con unos palitos, lo cual relató A. Núñez Cabeza de Vaca al fin del capítulo 47 de La Relación sobre su fantástico viaje.
El padre Crespí, cuando pasó por Santo Tomás, relató:… Los de caballada ..hallaron montones de semillas muy sabrosas que comen los gentiles, una muy grande batea de barro cocida muy fuerte y otros tepalcates muy fuertes y lisos …; es casi seguro que entre esas semillas estaba la jojoba.
Algunos historiadores han repetido como verdad sin discusión los relatos que hicieron Clavijero y el dominico Pedro Gandiaga, sobre una supuesta costumbre que tenían los indios del sur y de Vellicatá, de recomer las semillas que secretaban en sus heces; y otra, que cuando conseguían un pedacito de carne …lo ensartan por en medio con un fuerte mecatito o le dan una lazada muy apretada y afianzando de sus dedos la punta de dicha cuerda se la tragan hasta cerca del estómago y lo sacan de la boca y se lo vuelven a engullir, están ejecutando un gran rato lo mismo con el mismo bocado hasta que cansan o enfadan, percibiendo todo el tiempo que les dura dicha maroma el saborearse de la vaina, la que últimamente blanda con el calor del estómago y jugosa con la humedad de las fauces, de garganta y pecho, tragan entera, quitándoles antes el mecatito… Lo
dicho por el padre Gandiaga y expresado antes por Clavijero podría ser cierto, aunque resulta poco verosímil por razones fisiológicas y de salud, además de que un estilo narrativo exagerado y fantasioso del dominico se evidencia al expresar: … Aunque no les hace mucha fuerza el agua, porque suelen pasarse hasta quince días sin beberla, sirviéndoles de refrigerio para apagar la sed, el jugo de las pencas de mezcal tatemado, …, lo cual es claramente una falsedad si se toma en cuenta la insignificante cantidad de agua que puede derivarse del mezcal después de pasarse por las brasas; en otras palabras, las descripciones de Gandiaga no siempre son verídicas.
Los cucapás que habitaban desde las márgenes de los ríos Colorado y Hardy hasta faldas de la sierra se autonombraban xawil kiumya voei o gente del río, y es que su vida tenía una íntima relación con la majestuosa corriente. Comían pescado que sacaban del río, y cazaban animales de una variada fauna que proliferaba en la zona, pero además, gracias a una incipiente agricultura, se alimentaban con sus productos que eran principalmente dos variedades de maíz, una para harina, hacashan, que maduraba en cinco colores, y otra que era un grano duro, hacaswir, de color amarillo, más resistente a la sequía, además de calabaza y frijol; del maíz molido hacían una harina con la cual elaboraban una especie de pan cocido al fuego.

La producción de bienes transformando lo que se encuentra en la naturaleza, la realizaron los antiguos californios de manera más compleja y variada que los hombres del paleolítico superior, etapa en que han sido ubicados por algunos antropólogos. Véase lo que podían hacer en aquel medio.
Utilizaban el arco y la flecha, los arcos los hacían de algún palo flexible que endurecían al fuego, de tamaño variable, generalmente más largo que su estatura; la cuerda era de nervios o tendones de venado bien retorcidos. Las puntas de la flecha podían ser de una vara puntiaguda, para cazar animales pequeños; o de pedernal, en ocasiones con los bordes aserrados, para la guerra o en la cacería de animales grandes; estas puntas se ataban al asta, pero además, empleaban un adhesivo que obtenían de una resina vegetal; la longitud era poco menor de un metro, y cerca de la muesca llevaban tres plumas de gavilán para evitar su cabeceo al dispararse.

Los indios de las llanuras del sur de los Estados Unidos usaban un lanzadardos , empleado también por los aztecas, al que éstos llamaban “atl-atl”, y los jesuitas, al referirse a las armas empleadas por los indios mencionaron el dardo, aunque no aclararon la forma como lo arrojaban. Esta arma consistía en un palo con un orificio para sostener el dardo o una especie de flecha pequeña, y al hacerlo girar con el brazo extendido se lograba bastante velocidad en el lanzamiento. Hoy se sabe que sí los usaron. Los lanzadardos encontrados en el sur de la península hasta ahora son: cuatro por William Massey en 1947; dos cerca de Buena Vista en 1962; y cuatro más en 1967 en un sitio funerario del resguardo rocoso La Matancita, al sur de Todos Santos.
Los cochimíes que habitaban al norte de los 31 grados y los cucapás, usaban, además del arco y la flecha, unos mazos y algo parecido a una hacha de madera dura y pesada. Para cazar venados, un hombre se escondía entre el monte y movía una cabeza de ciervo previamente decapitado, los animales que la llegaban a ver se acercaban al lugar, en donde otros cazadores estaban preparados para matarlos. Esta estratagema era usada también por etnias sonorenses. Los cochimíes del norte usaban unos palitos de los que ya se ha hablado, con una remota semejanza al bumerang, que lanzaban a poca distancia y paralelos al suelo, hacia animales pequeños como liebres y conejos, a los que generalmente les quebraban las patas, lo que les permitía acercarse a su presa y rematarla. Esta forma de cazar animales pequeños se siguió usando hasta épocas relativamente recientes entre los indios que sobrevivieron en el norte de la península.

La pesca fue una actividad practicada por casi todas las etnias de las Californias, que les permitió subsistir con una base alimenticia rica en proteínas, sobre todo a quienes residían cerca del mar. Los guaycuras, al referirse a un espíritu superior al que llamaban “guyiagui”, decían que otros espíritus inferiores que le servían, le traían pitahayas y peces, lo que refleja la importancia que le concedían a este alimento. Para meterse al mar, los antiguos californios usaban balsas de troncos o pequeños botes de cañas con los que podían llegar a las islas cercanas a la costa o navegar hasta unos ocho Km. mar adentro, o en el norte, atravesar el Colorado.

Las balsas las hacían de tres, cinco o siete troncos, casi siempre de un árbol que los españoles llamaban corcho, que traspasaban con estacas y que amarraban uno con otro, dejando el más largo en el centro, el
cual servía como proa, y podían llevar dos o tres hombres. Otras veces empleaban largos haces de cañas o tules bien atados, que después los unían entre sí con más amarres. En el noroeste de la península y la costa sur de la Alta California, estos botes podían llevar hasta ocho o diez personas.

Pescaban con cordeles de fibras vegetales bien retorcidas, en cuyo extremo llevaban un anzuelo de hueso o de espinas vegetales; en ocasiones, hacían en los esteros una especie de cerco o corral de ramas y palos cuando subía la marea, y al bajar las aguas quedaban sin poder regresar al mar multitud de peces que fácilmente eran recogidos por los pescadores.

Cuando iban mar adentro en sus balsas llevaban un arpón generalmente en forma de horquilla, y otras veces empleaban redes con las que se ayudaban en la pesca; los españoles relataron que cuando veían una tortuga, uno o dos hombres se lanzaban al mar, se aproximaban al animal, lo mataban con su arpón y luego lo subían a su balsa. Los cochimíes, según la descripción que hizo Ulloa de los indios que encontró cerca de la Bahía de San Rafael, deben haber cazado lobos marinos, pues el agua de beber la conservaban en unos “buches” obtenidos de ese animal o elaborados con su piel.
Las redes fueron importante auxiliar para todos los aborígenes de las dos californias, ya que las usaban para pescar, cazar liebres y conejos, cargar a sus hijos pequeños y echar sus pertenencias o los alimentos que recolectaban en sus frecuentes caminatas; las hacían de fibras vegetales, casi siempre obtenidas de pencas de mezcal, y aun en la actualidad, se encuentran mujeres en las pequeñas comunidades del norte que siguen haciendo y empleando las redes. Para facilitar la carga de lo que metían a la red, la ataban en el extremo de un palo que apoyaban en su hombro, y si eran sus hijos pequeños los que llevaban, hacían un colchoncillo con hojas y zacate para que fueran cómodos.

Los utensilios que usaban cotidianamente eran pocos y sencillos, y casi siempre podían elaborarse con cierta facilidad y en poco tiempo, pero algo que quizá nunca dejaban olvidado antes de iniciar un viaje era el equipo para encender fuego, lo que lograban frotando dos palillos, uno duro y fuerte y otro seco y suave o por la percusión de piedras de cuarzo.
Usaban una cazuela honda, hecha frecuentemente de corteza de palma, parecida en la forma a la copa de un sombrero, y como los cochimíes le llamaban “addá”, le dieron ese nombre a los cascos y sombreros de los españoles. Las agujas de hueso que les facilitaban la elaboración de las redes, huesos biselados para descarnar las pieles, cuchillos de piedra y anzuelos eran los pequeños objetos que llevaban en sus viajes. Los pericúes hacían unas bandejas empleando la corteza de palmera, y los yumas del norte usaban grandes bateas para poner semillas y otros alimentos; usaban también caparazones de tortugas. Las bateas también las fabricaban de varas flexibles que amarraban fuertemente entre sí, al grado que algunas podían contener agua sin que se filtrara; cuando tostaban semillas en sus bateas les echaban brasas y las agitaban constantemente para una cocción uniforme, otras veces sostenían sus bateas a cierta distancia sobre el fuego, moviéndolas constantemente para que no se incendiaran, y así lograban calentar lo que contuvieran.
De los indios del noroeste de la península, fray Pedro Gandiaga decía: …Todas sus riquezas son una o dos taleguitas para encerrar las semillas y el tabaco cimarrón, en otros su arco y flechas para cazar venados o un palito para matar liebres y conejos; muy raro tienen una red para la caza, una pipa de barro para chupar tabaco cimarrón que les cuadra mucho; en los pescadores sus caudales son una bolsa de tule y una tablita para remo, sus anzuelos hechos de asta de venado y mecates de pencas de mezcal; cogen abundancia de pescado, cuando lo permite la tranquilidad del tiempo, y son los más ricos en comidas. En las mujeres, su hacienda es un palo para cortar mezcales y una red para cargarlos y una correíta de juncos para coger las semillas que les sirve también de montera…..
Las manos de piedra para la molienda de granos y semillas, pipas con las que fumaban un tabaco silvestre, ganchos de palo para cosechar pitahayas, canastos sencillos, sandalias, y unos maderos con dibujos que empleaban los shamanes, de mezquite o uña de gato, según Venegas, son hallazgos que se han encontrado en el centro sur peninsular y que deben agregarse al bagaje cultural de aquellas tribus. Por otra parte, es casi seguro que la elaboración de canastos y la cerámica fueron practicadas por los kumiai y demás tribus del norte, y aún hoy, la cestería que elaboran los sobrevivientes de estas etnias llama la atención por su belleza en el diseño. Algunos historiadores consideran como un hecho que ninguna etnia de la península conoció la cerámica, pero los cucapás sí la practicaron, y si se sabe que eran frecuentes sus contactos con tribus de la sierra y aun de la región costera, como las del área de San Vicente y San Diego, se tiene que admitir la posibilidad de que en las regiones mencionadas los indígenas sí llegaron a practicar la cerámica que pudieron
haber aprendido por su relación con las etnias del desierto.
Algunos de los aspectos culturales que se han mencionado se dieron en forma muy semejante, en mayor o menor cantidad, en los pueblos que habitaron desde la región de San Diego y el río Colorado hasta los cabos meridionales de la península, por ejemplo, la desnudez de los varones, el atuendo de las mujeres, la elaboración de harinas a partir de granos o semillas molidos, el comer insectos tostados, la estructura de sus balsas y botes, el construir chozas circulares con el piso abajo del nivel del suelo circundante, fumar tabaco silvestre, usar redes para cargar sus cosas, y otros más, muestran una clara identidad, consecuencia tal vez de un origen común para todos aquellos pueblos, los cuales, a pesar de haberse ubicado en espacios muy lejanos y diversos, conservaron muchos rasgos ancestrales de una cultura madre.

Aunque es hipotético cualquier dato sobre el número de dialectos hablados en la península a la llegada de los españoles, los especialistas en la materia hablan de cuando menos diecisiete lenguas, todas incluidas en el tronco hokal-tecano, predominando la familia hokana al norte de los veintisiete grados de latitud y la guaycuriana al sur; todos los dialectos del norte pertenecen a la subfamilia yumana, hecho que puede ser un apoyo a la hipótesis que sostiene el arribo a la península de por lo menos dos oleadas de inmigrantes, primero habrían llegado pueblos de filiación lingüística guaycuriana y después la yumana.
Los hombres se ocupaban principalmente en los quehaceres que requerían mayor fuerza física y que implicaban más riesgo, como la cacería y la pesca, mientras que mujeres y niños recolectaban frutos y semillas para la alimentación. El padre Tamaral decía que la pereza era un vicio muy arraigado en los indígenas:…Cuanto mayor es el número de sus mujeres, están tanto mejor provistos de todo lo necesario, pues yacen en un ocio perpetuo a la sombra de los árboles, y sus mujeres trabajan buscando en los bosques las raíces y frutos silvestres de que se alimentan…… Sin embargo, contrario a lo anterior, Salvatierra escribió en una de sus cartas: …Se resolvió de despedir a los indios para que se fuesen a pescar, y otras cosas suyas semejantes en que se ocupan por sí mismos… lo cual hace pensar que los varones sí realizaban actividades diversas tendientes a conseguir los alimentos necesarios para vivir.
Lo dicho por Tamaral sobre el trabajo que desempeñaban las mujeres no es una novedad, pues en los pueblos primitivos y en muchas comunidades rurales de hoy, la mujer se ocupaba y lo sigue haciendo, en actividades como la recolección de frutos, leña, acarreo del agua, la preparación de los alimentos, y con frecuencia en la elaboración de queso, cuando se tienen vacas de ordeña. Los hombres, por su parte, descansan cuando pueden para activarse después en la cacería y la pesca, la exploración de nuevos territorios, el derribo de árboles, campear animales, etc..
En la cultura kumiay, el nacimiento de un niño era un acontecimiento importante, del cual los franciscanos registraron los siguientes datos: el cordón umbilical se cortaba con un cuchillo de piedra, y quizá con objeto de ayudar a la cicatrización, ponían sobre el ombligo del recién nacido un trozo de corteza de sauce o una pequeña piedra tibia, se asignaba un nombre al niño, la madre era bañada con agua tibia y se perfumaba con el humo de hojas de salvia; cuando la madre no cargaba a su hijo en brazos o dentro de su red, lo colocaba en una especie de cuna sobre un pedazo de corteza de árbol.
A la llegada de los franciscanos a la región de San Diego Los cochimíes celebraban una fiesta que llamaban “ cabet ”, la cual consistía, según Píccolo, en la reunión de la gente de varias rancherías en cierta época del año, traían los hombres las pieles de venado que habían cazado y las tendían como tapetes en una casa. Llegaban los caciques y fumaban, mientras que el doctor o guama proclamaba alabanzas a los cazadores, algunos indios
corrían “ como locos” por una especie de calle, sobre las pieles, en tanto que alrededor, las mujeres bailaban y cantaban; pasado algún tiempo salían los caciques y repartían las pieles a las mujeres para que fabricaran los vestuarios de ese año. Aunque esta interesante festividad denotaba ciertas virtudes en estos pueblos, nunca fue ponderada por los misioneros como una bonita tradición y mucho menos estudiado a fondo su origen o significado.
Es casi seguro que los aborígenes peninsulares, al igual que otros pueblos prehispánicos, dieran frecuentemente a sus fiestas un carácter de representación teatral, en lo cual Miguel del Barco les concede cierto crédito al referirse a la celebración de las pitahayas: … El tiempo de las cosechas de las pitahayas era como el tiempo de su vendimia. En él estaban más alegres y regocijados que en todo lo restante del año … Así, estos naturales salen de sí, entregándose del todo a sus fiestas, bailes, convites de rancherías distintas y sus géneros de comedias y bufonadas que hacen, en que suelen pasarse las noches enteras con risadas y fiestas, siendo los comediantes los que mejor saben remedar, lo cual hacen con grande propiedad ….


Otra celebración se llamaba tana ambei tecuhui,(o ucambi) “el hombre venido del cielo”, consistía esencialmente en lo siguiente: Hacían una enramada grande a la que entraban los hombres sólamente, en donde había gran cantidad de comida que días antes juntaban sobre todo las mujeres.
El “hombre venido del cielo” era un muchacho que se pintaba el rostro y se disfrazaba cubriéndose con pieles, el cual se escondía detrás de un cerro cercano; luego, en determinado momento, bajaba corriendo hacia la casa en donde los hombres lo recibían y lo obsequiaban con la comida; permanecían allí durante algún tiempo, y finalmente el muchacho salía para volverse al cerro, como que regresaba al cielo; en tanto, las mujeres permanecían un poco alejadas.

En aquellas sociedades se otorgaba a los ancianos cierta jerarquía y su palabra era escuchada con respeto por la mayoría como aún ocurre en las tribus del norte. Un ejemplo se dio cuando se confrontaron los indígenas y los españoles de Salvatierra, lo cual fue relatado por el misionero de la siguiente forma: … Al irse retirando y apartando dos ancianos de ellos se pusieron por delante, y volviendo la cara para su gente, le hicieron señas con las manos a que se apartasen y sentasen.


Después, volviendo la cara a nosotros nos hicieron las mismas señas a que nos aquietásemos y depusiésemos las armas, con esto sirvieron este día para medianeros..48; cabe aclarar que cuando menos en esa ocasión, la intervención de los dos indios calmó los enardecidos ánimos de nativos y españoles, y se evitó, de momento, lo que pudo haber sido un encuentro sangriento. Por su parte, Nieser afirma que en Viñadaco, los ancianos se oponían al cristianismo alegando que todos se irían y nadie les llevaría comida, de lo que se infiere que en esas comunidades, quienes por su edad no eran capaces de procurarse sus alimentos, eran ayudados por los demás.


Además de los ancianos como personas importantes, estaban los señores principales o caciques, de acuerdo con lo que relata Salvatierra: …Llegó un indio alto … y tenía traza de cacique según la demostración que hicieron los demás…. Generalmente, estos jefes eran quienes se hacían respetar por su fuerza y valor o por su capacidad en la cacería y la pesca. En cada tribu había además chamanes que conocían las hierbas medicinales y las venenosas más que la mayoría, y en sus actos curativos pretendían succionar con un largo tubo pegado a la parte enferma del paciente los males que le aquejaban; los pericúes les llamaban “niparajá” o “tuparán”, los guaycuras, “dicuinocho” y los cochimíes “guama”. Estos doctores aparecían en las fiestas cubiertos con una capa hecha de cabellos que adquirían como donativo de sus fieles y de los muertos, un penacho de plumas de gavilán en la cabeza, y un abanico en la mano también de plumas; entre los pericúes, en lugar de un penacho de plumas usaban una corona de colas de venado. Siendo las principales personalidades, solían iniciar las festividades fumando tabaco silvestre49 en una pipa de piedra, según los misioneros, aunque más bien debe haber sido de cerámica o de una piedra semejante al talco. Se decía que, ya mareados con el tabaco, los doctores elogiaban a quienes eran generosos en sus obsequios, y amenazaban a los que no lo hacían. Edward K. Balls, en su libro “Early Uses of California Plants”, describe las pipas que usaban los indios del norte de California y los del desierto, afirmando que eran de madera o talco mineral, o el tubito de la pipa de madera y la casuela de talco mineral. . Respecto a las capas de cabellos, Homer Aschmann ha señalado que su uso fue exclusivo de los chamanes de Baja California, ya que no se empleaban al norte de la actual frontera con Estados Unidos. Muchas tablas y capas de cabellos fueron quemadas por los misioneros.
Los californios tuvieron varias divinidades, y quizá en el norte practicaron la idolatría, como lo llegó a afirmar Linck en un reporte de 1762 sobre los indios del norte de San Borja52. Los pericúes creían en el dios Niparajá todo poderoso y creador supremo del universo, y en su mujer Anajicondí, cuyo hijo, Cuajaip, vivió entre los hombres durante algún tiempo con objeto de brindarles sus enseñanza. Los cucapás adoraban a un ser superior identificado con el sol, mientras que los kiliwas, pai-pai y cochimíes del norte y centro peninsular también creían en un poder superior al de los hombres. El padre Manuel Venegas, en su libro Noticia de las Californias, dice sobre la religión de los guaycuras: … Hay un espíritu principal que llaman Gumongo; éste envía las enfermedades y en tiempos pasados envió a otro espíritu a que visitase la tierra, a quien llaman Guyaiagui. Cuando éste vino, fue sembrando la tierra de pitahayas … Aquí otros espíritus inferiores que les servían les
traían pitahayas para comer, y peces… La ocupación de Guyaiagui era hacer vestidos para sus sacerdotes, formados por los cabellos que le ofrecían … . Los indígenas del norte hablaban de un hombre que había venido del cielo para beneficiar a los humanos llamado tamá ambei ucambi tevivich, “el hombre venido del cielo”, en cuyo honor hacían la fiesta de la que ya se ha hablado.

Por su parte, los guaycuras que vivían cerca de Loreto creían que el Sol, la luna y los luceros eran hombres y mujeres; que todas las noches caían al Mar del Poniente y se veían precisados a salir a nado por el oriente, en tanto que los indígenas de la isla Trinidad creían que mirar directamente a las Cabrillas del Cielo produciría desdichas.

En relación con sus muertos, los indios del sur los enterraban y las tribus del norte casi siempre los quemaban, según lo afirmó el padre Luis de Sales: … Generalmente en muriendo alguno lo queman y no hacen prueba de si en realidad es ya difunto….
En los grupos humanos actuales, los ritos funerarios varían de acuerdo con las tradiciones y costumbres que se tengan, aunque siempre hay una relación con el concepto sobre el universo, el bien, el mal, la vida y la muerte; investigaciones recientes han demostrado que en los pueblos prehispánicos que habitaron la península sucedía algo semejante, de manera que en cada región habían distintas costumbres, lo que haría muy prolijo un relato sobre las diversas formas como los nativos peninsulares disponían de sus muertos. Sin embargo, se mencionan a continuación algunas de las citadas tradiciones.


En 1883, el holandés Ten Kate y después el francés León Diguet descubrieron sitios funerarios en el extremo de la península y en la isla Espíritu Santo, que esencialmente consistían en esqueletos pintados de rojo envueltos en hojas de palmas; y en 1947 el arqueólogo William Massey realizó estudios cuidadosos de tales hallazgos. Estas y otras investigaciones demostraron que los primitivos californios de la región sur acostumbraban sepultar a sus muertos en pequeñas cuevas, en posición flexionada, envueltos en hojas de palma, y colocaban junto a los restos del difunto objetos como herramientas de piedra y hueso, así como ornamentos de conchas; finalmente se cubría el sepulcro con piedras y tierra. Se supo también que cuando el lugar había sido ocupado por otro cadáver, sus huesos se pintaban con ocre rojo y se acomodaban, los más pequeños dentro del cráneo, los largos se envolvían con hojas de palma y el cráneo se colocaba en el extremo; los huesos de la cadera y los
omóplatos se ponían cerca del cráneo, y las costillas se situaban cubriendo los huesos largos y el cráneo. Aunque se sabe que todavía en tiempo de las misiones se acostumbraba esta práctica, los españoles nunca se refirieron a ella.


Aunque en la playa El Conchalito, de La Paz, se encontró un sepulcro antiguo en el cual los restos óseos están en posición extendida, con los brazos a los lados del cuerpo, en los antiguos sepulcros peninsulares del sur se practicó la costumbre muy frecuente en los pueblos primitivos de todo el mundo de enterrar a sus muertos con el cuerpo flexionado, en posición fetal, con rodillas y manos a la altura aproximada del pecho, sin importar la orientación del cadáver, que podía quedar boca abajo, de costado o con la cara hacia arriba. El cuerpo se ataba con cordeles para que conservara la postura indicada, se preparaba un agujero de un medio metro de profundidad colocando en su fondo conchas, sobre las que se ponía el cadáver, y encima de éste cenizas y pedazos de conchas.
En ocasiones, el cuerpo era envuelto en una piel de venado, y era común que se agregaran a la tumba objetos de uso cotidiano y algunos adornos. Es seguro que el amortajamiento se llevaba a cabo tan pronto como fallecía la persona, antes de que apareciera el “rigor mortis” en el cuerpo.
Sobre esto, el misionero jesuita Juan Jacobo Baegert escribió en 1772 la supuesta costumbre que tenían algunos indígenas de enterrar a sus enfermos vivos56, en determinadas ocasiones, lo que no debe generalizarse como un hecho que se practicara por aquellas etnias.
En la región de El Conchalito también se han encontrado sepulcros en los que los restos mortuorios están en una posición intermedia entre la extendida horizontal y la flexionada o fetal, pues la cabeza y tórax se encuentran hacia arriba, en tanto que las rodillas están flexionadas y dirigidas hacia un lado; esta postura tal vez se lograba haciendo la torsión de la cadera en un giro de noventa grados hasta que el cuerpo estaba en descomposición, o cortando ligamentos y músculos en los casos en que la persona era amortajada recién fallecida. En otros casos, se han encontrado sepulcros en los cuales los cadáveres fueron seccionados en diversas partes, las que se acomodaron cuidadosamente en la tumba.

Algo que permitía a los cochimíes ubicarse en determinada época del año, era la cosecha de las pitahayas y otros frutos, y siendo aquellas parte importante de su dieta, hacían en ese tiempo una fiesta. Al día lo llamaban ibó, que significaba sol; a la primera estación, la más alegre y feliz por corresponder a la cosecha de las pitahayas le decían mejibó, y abarcaba desde julio hasta parte de agosto; la segunda correspondía también a un tiempo de abundancia ahora por las pitahayas agridulces, las tunas y otros frutos, y se nombraba amadá-appí e incluía de agosto a parte de octubre, llovía un poco y el campo reverdecía; la tercera estación comprendía desde octubre hasta parte de diciembre, cuando empezaba a secarse el pasto, y se llamaba amadá-appigalá; la cuarta era la más fría de todas, de diciembre a mediados de febrero y recibía el nombre de majibel; a ésta le seguía majiben, que comenzaba en febrero y terminaba a mediados de abril; y la sexta y última estación era majiben-maají, que era la época más dura para los nativos por la escasez de alimentos;
en esta temporada comían mezcal , animales que cazaban o atrapaban, las semillas tostadas que
habían guardado tiempo atrás y pescado.


Respecto a conceptos numéricos los cochimíes, según Clavijero, manejaban los siguientes: uno tepeeg; dos goguó; tres combió; y cuatro magacubuá; el cinco lo llamaban naganná tejueg ignimel, que significaba una mano entera. De allí en adelante podían continuar la numeración diciendo una mano más uno, una mano y dos, etc.; para el diez decían naganná ignimbal demuejueg, que significaba todas las manos; el quince se decía las manos y un pie, y para el veinte las manos y los pies. El Dr. Héctor Benjamín Trujillo Rodríguez, en su libro Las Lenguas Hokanas de Baja California, menciona numerales usados actualmente hasta el mil en cochimí-kumiai, pai-pai, cucapá y kiliwa, aunque obviamente difieren de los antiguos números mencionados por Clavijero. y no se establece la antigüedad que tienen dentro del vocabulario de esas tribus.
Una pregunta cuya respuesta puede ser inspirada por la ignorancia o prejuicios raciales es la siguiente: ¿Por qué los primitivos indios americanos tuvieron un menor desarrollo tecnológico que los pueblos europeos y asiáticos? Para responder a esto se pueden emplear diversas perspectivas biológicas, antropológicas y sociales, pero la lógica más elemental aporta cuatro premisas indispensables para derivar una conclusión: primera, la rapidez en el progreso tecnológico de un grupo humano depende en gran parte de situaciones azarosas, ejemplo de lo cual puede ser el hallazgo del hierro meteórico casi puro que realizaron algunos hombres en Asia hace tres o cuatro mil años, debido a que viajaban constantemente por regiones con frecuentes depósitos de hierro nativo, lo que les permitió llegar al uso y aplicación del hierro y el acero antes que otros pueblos; segunda, el progreso tecnológico tiene una relación directa con el número de personas que formen ese grupo, o dicho de otro modo, en un conjunto humano numeroso hay más posibilidades de que surja la chispa intelectual necesaria para el progreso que en una sociedad de pocas personas; tercera, la posibilidad de comunicación entre pueblos distantes es factor que conduciría al intercambio de información y consecuente progreso de esa cultura, lo que no sucede si hay aislamiento; y cuarta, la hostilidad del medio ambiente, sobre todo en lo relativo a la escasez de agua y alimentos, es poderoso limitante que multiplica las dificultades para el progreso cultural de los pueblos, cuyos integrantes tienen que canalizar todas sus potencialidades hacia lo que es más urgente: la simple supervivencia. Aun Baegert, el más severo crítico de los antiguos californios, llegó a decir en el capítulo VIII de su obra, refiriéndose a los niños indígenas: …Están dotados de razón y comprensión como la demás gente, y creo que, si en su temprana niñez fueran enviados a Europa, los muchachos a seminarios y las muchachas a conventos, llegarían tan lejos como cualquier europeo en buenas costumbres, virtudes, en todas las artes y en las ciencias…


Lo dicho en este capítulo debe ser sólo un reflejo de la vida que aquellos grupos humanos llevaron hace siglos, pero es suficiente para entender que, aun sin tener una remota semejanza con el modelo cultural de los españoles, los californios no merecen ser ubicados en la bestialidad y la barbarie.

Ishi, el último californio
Durante los años setenta del siglo XIX, hubo en California una serie de acciones de exterminio en contra de los indios, lo cual revistió el carácter de verdaderas masacres en las que cazadores sajones mataban en las pocas rancherías que quedaban, a los nativos hombres y mujeres de cualquier edad, ya fuera porque se resistían a entregar sus tierras a los terratenientes norteamericanos o se negaban a colaborar con ellos, sobre todo en la época del descubrimiento de yacimientos de oro en la región cercana a San Francisco. Por esta época, la última tribu que quedaba era la Yahi, que hasta entonces había escapado de los ataques de los blancos por lo remoto de su ubicación, en la sierra al noreste de San Francisco. Sin embargo, llegó un momento en que los colonos y mineros norteamericanos la descubrieron, asaltaron la ranchería y mataron a todos sus ocupantes excepto a una mujer y sus hijos, quienes se salvaron arrojándose al río y confundiéndose con los cadáveres que llevaba la corriente.
Arrastrados por el río, lograron después refugiarse en escondidas cañadas de la Sierra Nevada, entre bosques de encinos, pinos y monte chaparral, y de esta familia, con el tiempo sólo quedó Ishi, el último yahi, quien sobrevivió en esa región por varios años, como lo habían hecho sus hermanos de raza, de la caza, la pesca y
la recolección de semillas y frutos. En agosto de 1911, fue rescatado cerca del Monte Lassen por el antropólogo Alfred L. Kroeber, gracias a reportes de unos topógrafos que estuvieron en el lugar y llegaron a ver su campamento, y de 1911 a 1916 vivió en el Museo de Antropología de la Universidad de California, en San
Francisco; aunque se le dio oportunidad de que regresara a visitar sus montañas. En ese tiempo no sólo aprendió el idioma inglés, sino que proporcionó a Kroeber importantes informaciones sobre la cultura de los indios californios. Algunos aspectos interesantes de sus costumbres son los siguientes: los cazadores de venado debían estar limpios físicamente antes de la cacería (posiblemente para que su presa no los venteara tan fácilmente); conocía más de 100 plantas comestibles o medicinales; al regresar de visita a su lugar de origen, mencionó y reconoció cientos de lugares geográficos y animales; uno de sus muchos cantos era sobre la
Creación, y decía en parte … se cierran las puertas y uno por uno suben al cielo…; demostró su capacidad artesanal al hacer con gran facilidad arcos y flechas, y una choza; fue objeto de exhibición para muchos visitantes que venían a conocerlo de otras partes del mundo; finalmente el 25 de marzo de 1916 murió de tuberculosis en el colegio médico en Parnassus. Ishi había conquistado la amistad y admiración de quienes lo trataban; poco antes de morir le dijo a la persona a quien había dictado el “Canto de la Creación”, tú te quedas aquí, yo sigo adelante…. Sus restos fueron cremados.

Objetos yumanos que forman parte de la exposición en el Centro Cultural Tijuana

Las armas son el arco y flechas y la lanza, pero éstas siempre las llevan en sus manos, algunas veces en la persecución o en la defensa contra sus enemigos,… Píccolo, op.cit., p. 157.

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