Hallazgo de los restos mortales de Cuauhtémoc, el último emperador azteca

La historia de la conquista del Imperio Mexicano narra cómo
Cuauhtémoc fue ungido rey azteca. Vencido y martirizado por
los conquistadores españoles, se le obligó a ir a las Hibueras,
y en un lugar cercano a Izancánac murió ahorcado el martes
de carnaval 28 de febrero de 1525.

Su cuerpo fue llevado y sepultado en el palacio de su abuelo materno,
en Zompancuáuhitl, de donde fray Toribio de Benavente, “Motolinía”,
en 1529, cambió los restos a donde después se construyó la iglesia

de Santa María de la Asunción; en el altar mayor fueron guardados
420 años, hasta el 26 de septiembre de 1949, fecha en la que fueron
exhumados por la maestra Eulalia Guzmán, quien fue enviada en

comisión oficial por el Instituto Nacional de Antropología e
Historia para que actuara con base en los documentos e
indicaciones que recibiera, en el poblado de Ixcateopan,
del doctor Salvador Rodríguez Juárez, último poseedor
de dichos documentos antiguos que sirvieron para
descubrir los restos de Cuauhtémoc.

Fue así como, comprobada oficialmente la verdad histórica,
Ixcateopan se convirtió en un lugar de interés nacional.

La parroquia de San José, construida en 1529, donde supuestamente
fueron velados los restos de Cuauhtémoc, el último emperador azteca.

La parroquia de San José, construida en 1529. Foto: Armando Gutiérrez

Al ingresar al rústico templo, que permanece con las puertas abiertas
para recibir a los fieles, se perciben el paso de los siglos y una calma
sepulcral. Además, por la forma de sus escaleras y su emplazamiento,
da la sensación de haber sido construido sobre una pirámide.







Cuauhtémoc, el último emperador azteca. Se cree que nació en el año 8 Técpatl (cuchillo de pedernal, 1496). Descendía por línea directa de la nobleza indígena, su padre fue el soberano Ahuízotl y entre sus ancestros estaban Axayácatl e Izcóatl. Su educación fue la de un noble y siendo muy joven fue nombrado tlacatecutli (oficial militar de alto rango). Cuando el tlatoani Moctezuma Xocoyotzin anunció ante su pueblo que debían someterse ante los invasores para evitar la destrucción, de entre la multitud surgió la voz de Cuauhtémoc que increpó al soberano y llamó a la desobediencia, con lo cual se inició la apedreada que hirió a Moctezuma. A los pocos días murió Moctezuma, no se sabe si del golpe que recibió o asesinado por los españoles.

 

 

 

 

 

 

 

A los 18 o 24 años, ya señor de Tlatelolco, sacerdote del culto a Huitzilopochtli y caballero águila, Cuauhtémoc asumió el mando de los ejércitos mexicas contra los invasores, mientras Cuitláhuac gobernaba. Durante esta época los mexicas fueron atacados por un nuevo enemigo: la viruela. Un negro que venía entre los expedicionarios españoles venía infectado del virus y pronto lo propagó. Como ningún poblador mesoamericano tenía defensas contra esta enfermedad murieron millares de personas, entre ellos Cuitláhuac.

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuauhtémoc, entonces, fue nombrado rey. Como tlatoani de los mexicas, Cuauhtémoc intentó ganar aliados entre los antiguos vasallos del imperio, ofreciéndoles eximirlos del pago de tributo y advirtiéndoles del peligro que también significaba para ellos que Tenochtitlan cayera. Asimismo, fortificó su ciudad para contraatacar a los españoles. Sin embargo, éstos contaban con un ejército de 80 mil hombres, que sitió México-Tenochtitlan por agua y por tierra. Cuauhtémoc rechazó las ofertas de rendición que le hicieron los españoles y resistió las cargas de artillería y caballería que se arrojaron sobre su ciudad. Tres meses resistieron los tenochcas el sitio de los españoles pero la falta de agua, alimentos y las enfermedades los orillaron a huir y buscar refugio en la ciudad vecina de Tlatelolco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El 13 de agosto de 1521, Cuauhtémoc y otros señores intentaron huir de Tlatelolco pero fueron capturados y hechos prisioneros. Cortés acusó a Cuauhtémoc de ocultar un gran tesoro y ordenó torturarlo para que confesara dónde estaban sus riquezas. El emperador se vio sometido una terrible tortura que lo dejó inválido, pues le echaron aceite hirviendo en sus pies. El conquistador español nombró a Cuauhtémoc señor de Tlatelolco (1521-23) para que los apoyara en funciones judiciales y de recaudación de tributo. Pero no tuvo ese cargo mucho tiempo porque Cortés, temiendo que Cuauhtémoc pudiera organizar un levantamiento contra los españoles, decidió llevárselo consigo a su expedición a la Hibueras (Centroamérica), donde finalmente lo mandó ahorcar en 1525.

A lo largo de la historia del México independiente, la figura de Cuauhtémoc se ha usado para simbolizar la defensa de la patria ante la invasión extranjera. Por ello, encontramos su presencia en innumerables obras literarias y artísticas de los siglos XIX y XX.

 

La conquista de la sierra de “La Giganta” en Baja California Sur en 1683

Sierra “La Giganta” en Baja California Sur

“La Giganta” es un enorme promontorio que sobresale en la costa sur de Baja California; sus laderas del lado oeste son más pronunciadas que las del Este, por lo que la expedición tendría un duro escollo que resolver, ya que San Bruno se encuentra en la costa occidental de la “mayor isla del orbe” según la creencia de aquel entonces. Kino escogió un buen caballo; en sus alforjas llevaba los instrumentos de navegación que le permitirían hacer los cálculos correspondientes para la elaboración de los mapas, sin apartarse de aquellos pequeños regalos, libros y papeles para sus increíbles diarios en el registro meticuloso de sus observaciones y acontecimientos que nos han permitido conocer esta historia. La comitiva expedicionaria estaba compuesta de 25 soldados, 6 indios Mayos, 12 indígenas naturales de California (6 “Didius” y 6 edúes). Se utilizaron 14 caballos, 4 mulas de carga y provisiones para 12 días. Blas de Guzmán y el Padre Goñi se quedarían en la Misión mientras que en la Isla de Coronado, a bordo de la “Capitana”, permanecieron en vigilancia 10 marineros y el Alférez Lorenzo de Lezcano.

La expedición por el centro de California incluyó por 25 soldados españoles.

El día 01 de diciembre se inicia la conquista de “La Giganta” bajo el mando de Atondo y Kino, en una trayectoria histórica pues muchos sitios fueron puestos al descubierto para el mundo en aquella memorable ocasión. Tres leguas (12 km) al noroeste se encontraron abundancia de agua y grandes pastizales, un lugar a que los nativos llamaban “Londó” y que al tiempo se convirtió en la Misión de San Juan Londó; aquí se unieron al grupo 5 nativos. Más adelante descubrieron un gran manantial al que llamaron de San Francisco Xavier. Justamente al llegar al pie de la gran montaña al tercer día de camino, Atondo termina convenciéndose que es imposible continuar con los caballos por aquella ruta escarpada, en una ladera tan pronunciada, y decide continuar a pié dejando los animales a cargo de 6 hombres.

Atondo escribe: “Proseguimos nuestra jornada cargando cada cual el bastimento que pudo, y subiendo algunos soldados ágiles, sin armas y descalzos, nos arrojaron una soga y amarrándonos por la cintura, pudimos subir los demás. Este día andaríamos como 6 leguas (24km)”, y añade, “por hallarme rendido y ampollados los pies, otros cinco soldados y el cirujano no pudimos pasar adelante; otro día mandé al Alférez Nicolás de Contreras Ladrón de Guevara que fuese con los demás a descubrir la tierra más adentro; fue en su compañía el muy reverendo Padre Superior Eusebio Kino y cinco peones; salieron el día domingo y regresaron el lunes”. La expedición pronto llegó hasta la cumbre de la montaña, hasta un sitio al cual pusieron por nombre de La Santa Cruz, esto en recuerdo de un hecho curioso cuando se tuvo que derribar un enorme cactus; al caer formó una cruz perfecta con otro palo. Es aquí cuando se le titula a esta sierra como “La Giganta”; Kino escribe: “por ser muy alta, que desde Yaqui al ponerse el sol se descubre, y también porque los días pasados habían dicho y creído algunos que en estas tierras de los Noys había gigantes, la llamamos La Giganta”.

La vista era particularmente bella desde las alturas; enormes llanuras se observaron hacia el occidente a las que les dieron por nombre Dádivas de Francisco Xavier, ya que fueron descubiertas el día 3 de diciembre. No tardaron en aparecer algunos indígenas del lugar llamados “Noys”, quienes al observar la expedición corrían desesperados a buscar refugio. A unas leguas de recorrido por el valle encontraron una laguna a la que llamaron de Santa Bárbara, lugar donde Atondo decide acampar. Al día siguiente Kino y 18 hombres prosiguen la exploración hacia el noroeste y se encuentran con un bonito valle al cual deciden nombrar como San José; otra gran laguna decoraba el paisaje la que titulan de San Salvador y un cerro también a la vista de grandes dimensiones es nombrado de San Eusebio. En un momento del camino la expedición fue abordada por 17 indígenas armados con arcos y flechas; Kino escribe: “Todos los señores soldados se pusieron en armas; yo saqué unos pañuelos colorados y unos abalorios, me fui acercando a los indios que luego pusieron sus armas en el suelo y se sentaron en señal de paz; el jefe de unos 50 años de edad se levantó y me hizo señas de que pasáramos adelante, hacia el norte, pero ni él ni los suyos hablaban palabra. Quedaron contentos todos y después nos dijeron que más al poniente, tras el cerro de San Eusebio, corría un río que iba a la contracosta (cosa que los otros indios nos han referido también en el Real de San Bruno, didius y edúes)”. La expedición terminaría el día caminando de regreso a San José; el día 6 se reunieron con Atondo en Santa Bárbara, bajaron por el paso de Santa Cruz de nuevo a gatas hasta llegar al sitio donde dejaron caballos y mulas al pié de la montaña; finalmente, por la tarde del día 7 de diciembre eran recibidos con alegría en San Bruno. Inmediatamente Kino comenzó a bosquejar el legendario mapa de la zona, mismo que fue concluido y enviado en la “Capitana” en su viaje por provisiones al Yaqui el 21 de diciembre de 1683.

Aunque este segundo reconocimiento de California, algunas veces llamada Carolinas por Kino, puede considerarse fructífero alcanzando el objetivo de lograr cierta exploración de La Giganta, Kino no estaba conforme. Tenía que descubrir un camino seguro y cómodo para los caballos y mulas hacia el otro lado de la gran montaña, pues la contracosta seguía siendo la meta final. Dos semanas después organiza una pequeña expedición con Nicolás de Contreras, 8 soldados a caballo y 4 nativos. Unas leguas adelante se les unieron 15 nativos más por corto tiempo; Kino relata: “… después nos fueron siguiendo Vicente y Eusebio (dos nativos), y también un cuervo que dos leguas antes había empezado a seguirnos, pues unas veces nos seguía, otras nos iba más adelante sin apartarse de nosotros más que cuando mucho un tiro de arcabuz; de esta manera nos vino acompañando toda la tarde en camino de más de seis leguas hacia el norte. Quedándonos siempre al poniente a mano izquierda la serranía o Sierra La Giganta, llegamos a un nuevo río que llamamos Santo Tomás, que era el día de este glorioso santo apóstol de las Indias”. Este río los llevaría caminándolo hacia arriba hasta una gran cañada que daba directamente hasta el parteaguas de La Giganta; detrás tendrían el comienzo de un afluente del Río de La Purísima, el cauce buscado que los habría de llevar hasta la contracosta. El problema estaba resuelto. La expedición continúo del otro lado de la Giganta unas leguas más, donde descubrieron nuevos asentamientos indígenas; de regreso fueron llevados por los mismos nativos a través de otros caminos más cortos para cruzar la sierra, al fin y al cabo dichas veredas habían sido pisadas por ellos desde tiempos inmemoriales, y evidentemente los conocían a la perfección. Para las festividades de navidad la expedición estaba de regreso a San Bruno y la buena noticia los motivó a organizar una tercera entrada.

Región de las Primeras Exploraciones en California

Pero esta nueva exploración tendría que esperar a las nuevas provisiones que estaban siendo gestionadas en la costa de Sonora y Sinaloa. La verdad de las cosas, en términos generales, la Misión estaba pintando para fracaso. Se suponía que San Bruno debería bastarse por sí misma para desarrollarse, pero los recursos hidráulicos escasearon, no se podía regar y las lluvias no se veían por ningún lado. De cualquier forma los colonos se las ingeniaron para hacer producir algo de la tierra cavando algunos pozos en el arenal del río Grande; Kino escribe: “Y la experiencia nos iba enseñando que para la reducción de éstos (los indios), no había limosna ni regalo más a propósito que las cosas del diario sustento. Ni se duda que con las primeras aguas que vengan se podrán sembrar muchas milpas así de maíz como de trigo, y de todo cuanto se da en Sonora, Hiaqui, Mayo y Sinaloa para el común socorro así de ellos como de nosotros”; por lo visto a Kino le faltaba conocer más la hidrología de la región.

Atondo también escribe acerca de las dificultades agrícolas: “… a mediados del mes de octubre del año pasado de 1683, el soldado Domingo Julián de Sosa, en un pedazo de tierra que le pareció de mayor humedad y a propósito, sembró unas matas de maíz, calabazas y garbanzos, y aunque no era el tiempo a propósito, no obstante llegó a crecer y a granar, aunque no con perfección por causa de las heladas del mes de diciembre, las cuales maltrataron y secaron todo lo sembrado”. En otra parte de su reporte añade: “… y por causa de haber cegado los vientos todo lo que se sembró en el arenal y caja del río no produjo sino sesenta o setenta matas que empezaron a caer en el abrigo de la fortificación, las cuales por falta de humedad no llegaron a granar con perfección y de las dichas matas se cogieron siete sacas y media de elotes, algunos de ellos vanos y sin grano alguno”. Aunque las cosas en la Colonia pasaban por tranquilas en términos generales, con mucho trabajo y dedicación, no todo era perfecto. Se supo del caso de la muerte de un indio de manos de un soldado que había sido emboscado por naturales ante lo cual el Almirante Atondo se mantuvo al margen.

 

El maíz no era conocido en California; no había agua segura y los intentos por cultivarlo fracasaron.

De cualquier manera los trabajos en San Bruno siguieron adelante; Kino relata en su diario del 24 de abril: “Se trabajó mucho en la fábrica del último baluarte, se le pusieron las vigas y morillos, pues dentro de este baluarte así como en los otros dos, había como un capaz aposento en que se pudieran poner bastimentos y otras cosas… vino toda la ranchería a ayudar mucho, como siempre, en la fábrica de la fortificación, acarreando zoquite, piedras, agua y leña para todo el real y zacate para los caballos”. Se sabía que la Colonia estaba dependiendo del exterior y Atondo estaba más que preocupado. Diariamente las miradas eran puestas en el mar azul del Golfo en espera de los suministros que traerían los veleros; para el mes de agosto Atondo describe lo que le queda de abasto: 3 carneros, 2 ovejas, 2 corderos, 33 cabras, 8 gallinas, 2 gallos, 9 costales de harina, 7 fanegas de maíz, 2 fanegas de frijoles, 16 arrobas de mantequilla, 25 quesos pequeños apolillados, un almud de garbanzos, medio almud de lentejas y dos almudes de chiles para 71 personas que había en la Colonia y cientos de naturales que trabajaban en la construcción a cambio de alimento. Diez meses después de haber salido de San Bruno, La Almiranta por fin regresa; aquel 10 de agosto de 1684 descargaron algunos suministros para felicidad del Almirante, aunque no le gustó mucho la llegada innecesaria de 20 hombres más que habría que alimentar, entre los cuales venía el Padre Copart en sustitución del P. Suárez, el tercer fraile; también se bajó del barco el Veedor Real Muñoz de Moraza, que para colmo evidenciaba un estado de salud muy delicado.

La expedición pendiente a la contracosta tendría que esperar hasta el invierno, pues faltaban caballos y mulas para el transporte del equipo y soldados, además de los alimentos para la comunidad; San Bruno nada producía. Se organizaron varios viajes de la Almiranta hacia Yaqui; el primero de ellos inicia el 29 de agosto con Kino y el indígena Eusebio a bordo regresando el 25 de septiembre con 10 caballos, 2 mulas de carga y 45 carneros; el Padre jesuita iba también por objetos de regalo muy importantes para aquellos primeros acercamientos con los naturales. El indígena llegó maravillado. Al día siguiente, Goñi y cuatro indios más viajan en la segunda travesía regresando el 25 de octubre con otros 15 caballos, 2 mulas de carga y 150 arrobas de carne, todo del Yaqui. A los dos días La Almiranta regresa a Sonora por otras 15 mulas, 2 caballos, 2 cargas de pescado, 20 tercios de carne, 7 de queso, 12 fanegas de frijol, barras y herraduras calzadas. El 16 de noviembre se inicia el cuarto viaje y dos semanas después el velero se estaciona en San Bruno con 16 caballos, 1 mula y 1 macho aparejados, 55 carneros, 12 botijas de mezcal, 20 fanegas de sal, 50 fanegas de maíz y 12 arrobas de manteca (1 fanega=60 litros y 1 arroba=11 kilogramos).

Caballos y perros empezaron a verse en San Bruno (pintura europea de la época por Philips Wouwerman)

Para esta última travesía La Almiranta no podía más ya que le faltaban cables y estaba bastante deteriorada; urgía su reparación para dar servicio seguro por lo que se tomó la decisión de enviarla al taller de Matanchel; Muñoz de Moraza escribe: “La Almiranta ha ido a Yaqui cuatro veces, y espero en Dios que complete también éste, por su bien y por el nuestro, pues le falta casi todo y nosotros tenemos provisiones sólo para tres meses”. De la Capitana y la Balandra nada se sabía, así es que aquellos valientes Colonos se quedarían de nuevo aislados del mundo sin saber a ciencia cierta cual sería el destino de aquella aventura en San Bruno. Kino sabía que si no encontraban un río mejor del otro lado de La Giganta las cosas se complicarían; aquella tercera entrada a la Península prácticamente definiría el futuro de una Misión que día con día se complicaba cada vez más.

El 23 de diciembre de 1684 “La Almiranta” llegó a Matanchel proveniente de San Bruno en un viaje de 9 días; el Padre Copart acompañó al Capitán Andrés quien llevaba la encomienda de Kino de buscar más apoyos del Virrey. Atondo por su parte pedía la presencia de La Capitana y La Balandra con nuevos abastecimientos, pero principalmente, negociar la traída de buscadores de perlas, expertos que supieran zambullirse en las transparentes aguas del Golfo; con la obtención de estas preciadas joyas, Atondo pretendía sufragar los costos de los productos alimenticios que no podían obtenerse aún en la California.

La Colonia volvía a quedarse sola, y mientras tanto, la expedición tomaba forma. San Isidro, un sitio localizado al Este-NorEste de San Bruno ofrecía un mejor lugar para el campamento; buenos pastos y agua segura permitían alimentar a la no poca cantidad de mulas y caballos que estaban siendo preparados para la travesía. En este lugar se levantó después la Misión de San Juan Londó. Con muchas interrogantes en el ambiente el plan se llevó a cabo; el 14 de diciembre el Padre Eusebio y el Almirante Atondo cabalgaron de San Bruno a San Isidro a encontrarse con el resto de la expedición que inmediatamente partió al día siguiente rumbo a la conquista del Mar del Sur. El grupo estaba formado por 29 soldados, 2 muleteros, 9 indígenas, Kino, Atondo y el doctor Castro.

 

La travesía no resultó fácil. Mucho tiempo se perdía en cortar la maleza, remover las rocas de las montañas y rellenar huecos que permitieran el paso de las bestias con la carga y los soldados. A menudo Kino subía la montaña más alta para observar con sus aparatos el rumbo que debía tomar la expedición pues tenía el control de las brechas. La herradura de los caballos seguía siendo un gran problema por su desgaste en las rocas; días completos fueron utilizados para descansar a los animales o bien para repararles las patas y en más de una ocasión algún semoviente se abandonó al quedar inutilizado para el viaje, convirtiéndose en milagroso alimento para los hambrientos nativos. Después de cuatro días de camino, el grupo expedicionario llega a Santo Tomás, una población ya conocida por Kino en su viaje de reconocimiento que realizó con Contreras un año antes. Aquí se incorpora el Jefe Leopoldo quien ofreció sus valiosos servicios de guía. Tres días después llegaron al arroyo “La Purísima” que descarga hacia el Océano Pacífico; la ruta quedaba trazada.

El descenso por el arroyo fue difícil y peligroso; la gran cantidad de rocas en el camino provocaron un viaje lento y cansado. Un enorme cañón se elevaba hasta el cielo mientras que el lecho del arroyo era una gris confusión de pedruscos. Un día después de Navidad Atondo escribe: “la ruta seguía entre tantas peñas que los más desmontaron para pasarlas y otros cayeron unos sobre las peñas y otros en el agua; a todas las demás cargas le sucedió lo mismo no obstante que los que iban desmontados cegaban los huecos de las peñas con piedras”. Pero el tramo malo por fin fue dejado atrás y para el día 28 de diciembre ya se encontraban en mejores parajes, tanto que una parte se quedó en un sitio titulado “Los Inocentes”, en honor a la fecha mencionada. Para el día 30, Atondo, Kino, 18 soldados, 3 indios cristianos y dos cargas de bastimento se encontraron con La Mar del Sur, siendo esta la primera expedición que reconocía el Océano Pacífico por California. El mismo día 30 tuvieron un primer encuentro con los nativos de la región; una vez más Kino desempeñó un papel de mediador y pacificador, valiéndose de pequeños regalos e intentos de diálogo demostrando a su modo la buena fe de los forasteros. Pero la noticia del día fue el descubrimiento de unas enormes conchas azules de abulón, tan grandes que los nativos las usaban como vasos para beber. Así también, encontraron osamentas grandes, medianas y pequeñas de ballenas, un espectáculo que hoy en día distingue a esta región del mundo; es conocido el hecho de que estos mamíferos navegan durante largas distancias para tener a sus crías en estas cálidas aguas del Pacífico.

Ruta de la Expedición de San Bruno al Pacífico por Kino y Atondo (Amplificar).

Atondo dio el título de Bahía de Año Nuevo al estero visitado, haciendo alusión a la fecha de llegada (aunque en realidad fue dos días antes). Para el día 13 de enero de 1685 los exploradores estaban ya de regreso a San Bruno, con la buena noticia de haber cruzado la “isla más grande del mundo”, pero con la tristeza de un viaje lento, difícil y muy cansado, con expectativas poco halagüeñas para formar una Misión de mayor éxito que la que estaban intentando en el Golfo. Atondo continuó realizando recorridos ahora hacia el sur acompañado por Goñi en esta ocasión, aunque la travesía inevitablemente tuvo que hacerse bordeando a la Giganta por la costa. El Almirante no logró su propósito de llegar hasta la Bahía de Magdalena, aunque logró visitar lugares que después serían famosos años más tarde; a lo largo de 150 kilómetros Atondo visitó y nombró 14 rancherías y pudo haber visto un total de 2 a 3 mil personas. No había tierras susceptibles de cultivar, ni aguajes aprovechables para el riego pues la mayoría eran pozos abiertos en arroyos secos, ni siquiera árboles que pudieran emplearse para construir. Solo cuervos, patos, grullas y pájaros marinos fueron avistados. En cuanto a los nativos, eran altos, robustos, bien parecidos y más numerosos que en ninguna otra parte de California. Para el día 6 de marzo la expedición regresa a San Bruno inconforme y con las manos vacías; después de un año y medio en California las buenas noticias escaseaban así como los suministros. La única esperanza para sufragar los gastos de California serían las perlas que al parecer abundaban en los mares de la región, así que todo dependería de los buscadores que Atondo con tanta ilusión había solicitado a las autoridades.

A mediados de marzo “La Balandra” llega a San Bruno bajo el mando de Francisco de la Aberiaga; para el día 26 “La Capitana” por fin regresa también trayendo a bordo cuatro pescadores y algunas provisiones; pero el escenario que encontró Guzmán se veía en plena calamidad. Más de un año y medio de sequía había provocado pocos riegos y cultivos, y para colmo, surgió un brote de escorbuto que para el mes de abril se convirtió en epidemia. El agua también se estaba convirtiendo en salobre y poco a poco empezaron a morir soldados mientras que otros quedaron paralíticos; la mayoría sufría estragos de la enfermedad. Los problemas para Atondo se multiplicaron: el Virrey ya pedía bautismos los cuales se podían contar con los dedos de las manos; la inversión en la California se acercaba al cuarto de millón de pesos y no se veían los frutos del trabajo misionero. Atondo convocó a una junta de Consejo para darle salida a la situación; asistieron Kino, Goñi, Guzmán, Muñoz de Moraza, Lezcano, Contreras y el cirujano Castro. La lista de soldados en activo llegó a 15, pues 39 estaban inhabilitados y 4 habían muerto. Finalmente se resolvió enviar a los enfermos en La Capitana hacia Yaqui, esperando que con el buen clima y mejor alimentación los pacientes se recuperaran; después, con la tripulación posible la misma Capitana al mando de Guzmán y Kino, tratarían de encontrar un mejor sitio para la Misión hacia la región norte de la California, mientras que Atondo y Goñi por su parte le darían forma al proyecto de las perlas. El Padre Eusebio nunca estuvo de acuerdo con abandonar San Bruno, pero pese a su dolor, inevitablemente tuvo que aceptar la triste realidad.

El adiós a San Bruno; ¿en donde terminarían sus días estos primeros barcos fabricados en el noroeste de México? (Pintura de Pierre Puget acerca de barcos de guerra, 1670).

A principios del mes de mayo el plan se pone en práctica. El día 6 se iniciaron los preparativos en los cuales los mismos indios también se incorporaron en la ayuda. Empacar las pertenencias fue un trabajo muy lamentado para los colonos que como pudieron acomodaron de nuevo a los mejores caballos; el resto terminó en banquete para los nativos. Muñoz de Moraza agonizaba, era uno de los más graves y terminaría falleciendo dos días después de llegar al Yaqui. El 8 de mayo de 1685, por la tarde, La Capitana con el Padre Eusebio y Guzmán a bordo se despiden de San Bruno; siete muchachos se animan a viajar con Kino pero el Almirante solo acepta a dos con la condición de que ayudaran al Padre en el aprendizaje de la lengua nativa; el resto se bajó de la nave con lágrimas sinceras y sonoras que conmovieron a todos. Una niña de 15 años llamada Francisca, huérfana por la muerte de su padre de manos de los españoles, que sirvió en la casa del Almirante y aprendió buena parte del Catecismo, también quedó desconsolada y sufrió con el P. Eusebio aquella amarga despedida; es aquí cuando Kino pensó por vez primera en desarrollar Sonora a fin de salvar “las Californias”.

La península bajacaliforniana, inicialmente denominada California, fue conocida a través de los primeros contactos iberos protagonizados por Fortún Jiménez y Hernán Cortés en 1533 y 1535, respectivamente. Entró a los registros de exploraciones al ser considerada como una isla de grandes riquezas, causa que motivó el primer intento de colonización protagonizado por el conquistador de Tenochtitlan. Posteriormente se le concedió importancia por la posición estratégica para la seguridad de las posesiones españolas en el Nuevo Mundo.

Hubo de pasar 160 años —durante los cuales se registraron exploraciones esporádicas y otro par de intentos de colonización— para que tuviera éxito la entrada definitiva de la dominación, la que se logró a partir del año 1697 por la orden religiosa de los jesuitas, quienes en sus esfuerzos de evangelización desarrollaron un importante papel histórico y, en el campo del conocimiento lingüístico, una magnífica obra que no fue superada por las corporaciones religiosas que la sucedieron en el siglo xviii, como fueron los franciscanos y los dominicos.

Los grupos indígenas representativos en toda la extensión peninsular se identificaron con los nombres de pericúes, guaycuras y cochimíes, denominaciones con las que también, en forma general, fueron conocidas las lenguas que se hablaban en su territorio. De las dos últimas, los misioneros reco nocieron varios dialectos que no fueron catalogados específicamente, como tampoco dejaron estudios completos de las lenguas generales. Al iniciarse el periodo misional, estos grupos indígenas entraron en el verdadero proceso de aculturación del que no pudieron sustraerse. Su rudimentaria cultura presentó a una sociedad arraigada en el sistema de vida trashumante y, por ende, centrada en las tres actividades fundamentales: la caza, la pesca y la recolección de frutas y raíces. La condición de su vida tradicional no fue ocasional, estaba determinada por la falta de estímulos de la naturaleza, propia de la situación geográfica de una larga península de 1200 km. que además se distinguía por su posición de aislamiento de otras formas de vida respecto al macizo continental. Acorde al medio físico hostil, estas culturas se adaptaron y en su nivel de desarrollo se mantuvieron estancadas hasta la llegada de los misioneros religiosos. En estas circunstancias, a los misioneros jesuitas les sorprendía las manifestaciones de las costumbres cotidianas de los indígenas, base para importantes estudios testimoniales de carácter antropológico legados a la posteridad. La imposición del nuevo estilo de vida, opuesto a los patrones de la vida milenaria de los indígenas, produjo en un corto tiempo, el más grave fenómeno sociológico de la historia peninsular.

A partir de los autores clásicos de la historia de las Californias se han hecho cálculos sobre la población aborigen en la península, en mucho de los casos repetidos por los investigadores de nuestra época, en donde se muestran cantidades muy variadas1 por lo que se infiere que nunca conoceremos la cifra exacta; sin embargo, para el presente estudio partiré de los cálculos que nos ofrece S. F. Cook,2 quien presenta tanto cifras estimables como de censos del periodo misional, reconocidas por diversos estudiosos del tema que aceptan la cifra de 41500 indígenas como base poblacional de la península bajacaliforniana. Sin embargo, recientemente el doctor W. Michael Mathes consideró

que la obra de Cook es “altamente especulativa”, mientras que otros autores

lo toman como base de comparaciones. Al respecto Ignacio del Río al consi

derar la propuesta estadística de J. J. Baegert, nos dice:

…Podría objetarse un cálculo como éste (de cuarenta a cincuenta mil indígenas), hecho sin rigor estadístico y ante circunstancias —como la del desconocimiento que entonces se tenía de la población del norte peninsular— que ciertamente impedían hacer una cuantificación de veras confiable de la población aborigen Pero tenemos, por otra parte, que algunas investigaciones modernas coinciden más o menos en sus resultados con la estimación hecha por el alsaciano. Son de citarse a este respecto los cálculos demográficos de Sherbume F. Cook, quien, mediante la aplicación de varios métodos de computación diferentes cuyos resultados promedio, obtuvo cifras que no se apartan de las propuestas por Baegert. La conclusión de Cook, en efecto, es que, hacia la fecha en que se estableció la primera misión permanente en la península, existían alrededor de 41500 californios.

El fenómeno de la disminución de la población indígena durante la colonia no fue particular de la península, se presentó en diversas regiones de Nueva España ocasionado por la obra de conquista y colonización europea que vino a desequilibrar el orden establecido y que marcó el enfrentamiento entre las culturas indígenas y la europea. En lo que respecta al decrecimiento demográfico en la península, en razón a que la penetración europea fue tardía, el proceso se recrudeció seriamente durante la primera mitad del siglo xviii obedeciendo a diversas causas originadas por el choque cultural que impuso cambios decisivos en la vida tradicional de los indígenas que la habían conformado durante siglos de existencia.

El nivel cultural alcanzado por los indígenas, aunque bajo en su alcance, fue firme y estable, adaptando su existencia y sus costumbres al medio geográfico peninsular. Los misioneros jesuitas, con la intención de enseñar y cimentar el cristianismo entre los indígenas, les cambiaron su ancestral forma de vivir, y fue, sin habérselo propuesto, uno de los medios para iniciar su extinción. En la California jesuítica se pretendió crear una sociedad singular, no permitiéndose la entrada y permanencia de colonos —fuesen españoles, criollos o mestizos— ajenos a los intereses de la congregación religiosa, para evitar acarrearles vicios a los indígenas. Como rectores de la vida peninsular, fueron ellos quienes alteraron las costumbres indígenas y ocasionaron la reacción violenta de los indios pericúes y de los grupos de filiación guaycura, iniciándose la descomposición social, perjudicándose solamente la base indígena. Los pericúes fueron los primeros en manifestar su rechazo al sistema de vida que representó el misionero, comenzando una cruenta insurrección en el año 1734 ubicada principalmente en la parte meridional de la península, en donde fueron combatidos primero con acciones punitivas que incluyeron desde el destierro de sus mujeres hasta las acciones militares, que en conjunto, Ignacio del Río califica como una “campaña militar de reconquista”, en donde además de los actos bélicos de exterminio incluyó el manejo de alianzas con grupos indígenas para tomar partido contra los insurrectos cuyas consecuencias son claros indicadores que plantearon el inicio de la desintegración social entre los indígenas.

La pacificación tanto de los pericúes como de los uchitíes y coras fue obra de don Manuel Bernal Huidobro, gobernador de Sinaloa; sin embargo en la península persistió una situación inestable. En 1737 hubo un intento de asesinato a un sacerdote de San José de Comondú que pudo haber iniciado el problema pero no fue de mayor trascendencia, como tampoco el insistente rumor, durante ese mismo año, de un posible ataque guaycura a la misión de San Javier. Fue hasta el año 1740 cuando surgió una nueva rebelión pericú, ahora de menores consecuencias pero motivada por las mismas causas que la anterior insurrección, siendo sofocada rápidamente. Ambas rebeliones pericúes obedecieron al mismo espíritu de independencia del sistema que en casi dos decenios les impusieron los misioneros jesuitas, lo que iba en contra de sus costumbres tradicionales y que deseaban rescatar a toda costa.

Además de las consecuencias de la guerra, sufrieron tres epidemias entre los años 1742 a 1748, las que diezmaron a su población de tal manera “que no quedó ni aun la sexta parte de la gente, que tenía antes de la nación pericú”.

A la desgracia de las enfermedades se le agregó la rebelión de los uchitíes, rama de los guaycuras ubicados desde La Paz hasta Todos Santos, quienes tuvieron como respuesta una violenta guerra de exterminio de la que Barco da noticias cuando nos dice: “De esta suerte se acabó en el sur esta nacioncilla, que nunca estuvo bien reducida: y sólo quedaba de ella un mozo en el pueblo de Todos Santos al tiempo que salieron de aquella península los padres jesuitas”.

Los datos anteriores nos dan una idea clara que tanto las guerras como las enfermedades epidémicas fueron las causas principales que provocaron la disminución de la población indígena. Las cifras hablan claro y nos dan idea del fenómeno acaecido en nuestra península durante la presencia jesuítica. A su salida, en cumplimiento de la orden real que los expulsó del reino español y que en la península se ejecutó hasta el 3 de febrero de 1768, sólo quedaron 7 149 indígenas, y para 1769 disminuyó la población hasta 6 133 habitantes.

Los jesuitas fueron remplazados por los padres franciscanos del Colegio de San Fernando de México (1768-1772). Lo más notable, en cuanto al tema tratado, durante la permanencia de los franciscanos fue el haberse registrado una nueva epidemia durante el año 1769 por lo que mermó considerablemente a la población indígena, como se mencionó en el dato anterior.

Para ilustrar más claramente el fenómeno de la disminución de la población aborigen recurro a la tabla proporcionada por S. F. Cook, en donde se nos da a conocer el número de la población del área jesuita de la península, basado en cálculos estimativos y censos de población.

Tabla de cifras estimativas y censales

1697 aborígenes (promedio) 41 500

1728 estimativo                   30 500

1742 estimativo                     25 000

1762 estimativo                     10 000

1768 censo                               7 149

1772 censo                              5 094

1775 censo                               3 972

1777 censo                               5 424

Al cálculo estimativo de Cook para el año 1742 sobresale la confirmación de la cifra casi igual, si comparamos el dato proporcionado por el conde de Revilla Gigedo, cuando afirma: “En los años (17)40, se computaba el número de estas gentes en 22 000 almas de los dos sexos y de todas las edades; pero cuando se retiraron los regulares extinguidos, no excedieron de 8 000…”

Efectivamente, el dato proporcionado a la salida de los jesuitas se ilustra en forma específica a lo correspondiente en cada una de las misiones de la península, las que se extendieron desde el extremo sur hasta el grado 31, en una extensión de 300 leguas, según lo señala Lorenzo Hervás.

Misiones de los jesuitas en California en el año 1767

1.- Todos Santos, o Santa Rosa                         90

2.- Santiago                                                   550

3.- Nuestra Señora de los Dolores                   450

4.- San Luis Gonzaga                                     310

5.- Nuestra Señora de Loreto                         400

6.- San Francisco Xavier                                 485

7.- San Joseph Comandú                                 360

8.- Concepción                                               130

9.- Santa Rosalía de Mulegé                           300

10.- Nuestra Señora de Guadalupe                  530

11.- San Ignacio de Kadakaamang                   750

12.- Santa Gertudre                                       1000

13.- San Francisco de Borja                           1500

14.- Santa María, que se fundaba en 1767        330

TOTAL                                                       7 185

Tomando como base a Cook sobre los datos de 1697, fecha con la que se inició la evangelización con la llegada de los jesuitas hasta su salida en el año 1768, es alarmante comprobar que la población aborigen se diezmó en un 82.78%; que el índice de mortandad prosiguió en aumentó alcanzando un 87.73% hasta la salida de los franciscanos en 1772, y tres años después, al 90.43%. Todo esto tan sólo en 78 años. De acuerdo a la cifra del censo de 1772 que nos proporcionó Cook, y comparándola con los datos obtenidos del informe del franciscano Juan Ramos de Lora, que es anterior al citado censo rendido en abril de 1772, casi coinciden las cifras. La suma de la población indígena de los centros de asentamientos que para esa fecha perduran, arroja la cantidad de 5692 indígenas en la península. Se especifican las siguientes cantidades:

San José del Cabo                           50

Santiago,                                           60

Todos Santos, más de                    100

San Francisco Javier,                      293

Loreto,                                           220

San José de Comandú,                   322

La Purísima,                                   171

Misión de Guadalupe,                    176

Mulegé,                                           186

San Ignacio,                                   572

Santa Gertrudis,                            1244

San Francisco Borja,                     1538

Santa María,                                     411

San Fernando Velicatá,                   349

Si repartimos esas cantidades en las actuales entidades políticas de la península, corresponderían 2 150 indígenas a Baja California Sur, y 3 542 a Baja California.

Siguiendo el orden cronológico de esta relación de hechos encontramos algunos datos interesantes en el informe rendido por don Pedro Fages, inspector general de las Provincias Internas, fechado el 20 de octubre de 1786 y enviado al virrey Bucareli, informe que entre otras cosas, dice:

Las misiones de San José, Santiago, Todos Santos, San Javier, Loreto, Comondú, Cadegomó, Guadalupe y Mulegé van a pasos gigantes a su total extinción. La razón es de tal evidencia que no deja duda. El mal gálicodomina a ambos sexos, y en tal grado, que ya las madres no conciben, y si conciben, sale el feto con poca esperanza de vida. Hay misiones de las citadas, que há más de un año y meses que en ella(s) no se ha bautizado criatura alguna, y la que más no llega a cinco bautizados siendo cosa de admirar que excedan los muertos en el año pasado de los de edad de 14 años para abajo a los nacidos.

Considerando este angustioso informe y tomando en cuenta la fecha en que se rindió, merece nuestra atención el dato proporcionado por don Pablo L. Martínez quien al hacer el resumen histórico del siglo xviii señala: “Al terminar el siglo la población indígena de toda la península se estimaba en 4 500 individuos y la española y mestiza entre 700 y 800”.

Al respecto, la información del conde Revilla Gigedo correspondiente a la última década del siglo xviii registró: “…no llegan a 6000”, al referirse a la población indígena de la península, cifra en la qué se incluyó a las familias de las últimas misiones fundadas por los dominicos, como fueron la de Nuestra Señora del Rosario, Santo Domingo de la Frontera, San Vicente Ferrer, San Miguel del

Encina y Santo Tomás.

En el proceso histórico de la península se siguió manifestando el descenso en su población indígena, lo que se registró aún durante la primera década del siglo xix si atendemos el dato que nos proporciona Francisco Santiago Cruz cuando dice: “Según censo levantado en 1810 por un visitador, la población de la península se suponía de 2300 indios y 2150 españoles”.

No es el propósito analizar más allá de estos datos, que con sólo su lectura nos permite comprender el fenómeno presentado por la extinción de los tres grupos característicos de la península: pericúes, guaycuras y cochimíes, al menos de la actual Baja California Sur. Sobre el último de los grupos indígenas mencionados, cabe aclarar que para el presente estudio su delimitación se extiende hasta donde los jesuitas la identificaron bajo un tronco común y una misma denominación, y que los estudiosos modernos la han ubicado en el tronco protoyumano que prácticamente conforman una unidad del concepto lingüístico, esto en comparación con los cochimíes de la parte septentrional de la península, en donde aún subsisten algunos grupos conocidos como paipais, tipais, quiliwas y cucupás, perteneciente a la familia yumana.

Al respecto, Miguel León-Portilla, afirmó: “El caso de las lenguas de estos últimos grupos difiere por completo del de aquellos otros cuyos hablantes han desaparecido”.

EXTRACTO DEL LIBRO: Vocablos Indígenas de Baja California Sur  de Gilberto Ibarra Rivera:

Los Ultimos días de la víctima “Ötzi el hombre del hielo”

Esquivando el paso del tiempo, extrañamente conservados, los restos de Ötzi, un hombre que vivió en la frontera austroitaliana hace cinco mil años, se presentan ante la mirada arqueológica como uno de los mayores descubrimientos de los últimos tiempos. Su cuerpo descansa en el Museo de Arqueología del Sur del Tirol, en Italia.

El 19 de septiembre de 1991, en los Alpes de Ötztal, a 3210 metros de altura y cerca del límite entre Austria e Italia, los escaladores alemanes Erika y Helmut Simon encontraron un cadáver congelado. Con cierta reticencia, le tomaron una foto (a Erika no le parecía bien fotografiarlo, pero Helmut insistió, alegando que los familiares del muerto querrían saber cómo lo habían encontrado). La foto, que en los días siguientes apareció en los diarios de todo el mundo, muestra un cuerpo humano tendido boca abajo, con el rostro, las extremidades y la mayor parte del torso metidos en un bloque de hielo.

Dos días después, el diario local Dolomiten informaba que “los restos mortales de un alpinista desconocido fueron descubiertos en la tarde del jueves […] La identidad del cuerpo, que habría estado en el hielo durante varias décadas, aún no ha sido aclarada”.

Cuando leyó la noticia, el montañista italiano Reinhold Messner, que estaba dando un ciclo de conferencias en la región, acudió al lugar para echar un vistazo. Experto en alpinismo, Messner fue la primera persona que escaló las catorce montañas más altas del planeta; también fue el primero que alcanzó la cima del Monte Everest sin usar tubo de oxígeno. Era una leyenda viviente y los periodistas siempre andaban atentos a sus comentarios. Tras examinar los restos, Messner declaró que deberían tener entre 300 y 500 años.

Unos días más tarde, el gobierno austriaco envió a un gendarme para recuperar el cuerpo. Acechado por una inminente tormenta y sin herramientas apropiadas, el hombre dañó los brazos, las piernas y la pelvis de los restos congelados. Una vez fuera del hielo, el cuerpo y varios objetos hallados a su alrededor fueron transportados al Instituto de Medicina Forense de la Universidad de Innsbruck. Apenas vio los objetos, el arqueólogo Konrad Spindler se dio cuenta de que tenían por lo menos 4000 años.

MI NOMBRE ES….

Algunos arqueólogos lo llamaron Hauslabjoch, porque según las reglas de su profesión debían darle el nombre del sitio geográfico más próximo (en este caso, el Paso de Hauslabjoch). Los periodistas europeos lo apodaron “el hombre del hielo” (L’Uomo del Giàccio, en italiano; Der Mann im Eis, en alemán; Iceman,

 

en inglés).

Algunos le pusieron Homo tirolensis, como si perteneciera a una especie distinta a la de los humanos modernos, pero este nombre carecía por completo de fundamento científico. Los restos pertenecían sin duda alguna a un Homo sapiens. Y porque lo encontraron en los Alpes de Ötztal, un periodista vienés lo bautizó Ötzi.

MARCAS EN LA PIEL

El médico austríaco Hans Unterdorfer realizó el primer examen profesional de Ötzi. Según la descripción de Unterdorfer, el cuerpo había perdido por completo la capa más externa de la piel, el pelo y las uñas. Estaba deshidratado y tenía el aspecto de una momia vieja.

El brazo izquierdo estaba cruzado sobre el pecho. Los dedos de la mano derecha estaban curvados, como si estuvieran agarrando algo. Los párpados abiertos dejaban ver los ojos intactos, y a través de una mueca de la boca se veían los dientes amarillentos. Por el aspecto del pecho, Unterdofer especuló que se trataba de un hombre, pero no lo pudo confirmar porque los genitales estaban tan contraídos que no se distinguían bien (más tarde se comprobó que era un hombre).

Tenía numerosos “tatuajes”: grupos de tres o cuatro líneas paralelas de unos pocos centímetros de longitud en la espalda, una pequeña cruz en la parte posterior de la rodilla derecha y dos líneas paralelas alrededor de la muñeca izquierda. Fuera de los daños producidos por el gendarme, no se veía ninguna señal externa que sugiriera la causa de su muerte.

UN CUERPO SIN TIEMPO

La antigüedad de Ötzi se calculó estudiando sus átomos de carbono. Este elemento químico, uno de los principales componentes de los seres vivos, existe en varias formas. La variedad llamada carbono-14 se usa para la datación de restos orgánicos. Mientras una persona está viva, la cantidad de carbono-14 en su cuerpo es igual a la que hay en la atmósfera.Cuando la persona muere, el cuerpo deja de incorporar carbono-14 y el que ya posee se va desintegrando. Los científicos conocen muy bien el ritmo de desintegración del carbono-14. Con este dato y conociendo cuánto C14 queda en los restos a datar, se puede calcular hace cuánto murió la persona.

Así se determinó que Ötzi vivió hace unos 5300 años, lo cual lo ubica en la Edad del Cobre, cuando aparecieron en Europa los primeros objetos fabricados con este metal y se domesticaron los caballos. Una etapa de transición socioeconómica que iba a desembocar en la transformación de las tribus y comunidades en sociedades complejas.Por las características de sus huesos y el estado de su dentadura, se estimó que Ötzi tenía algo más de 40 años en el momento de su muerte. Una edad avanzada, si se tiene en cuenta que sus contemporáneos vivían un promedio de 20 años y menos del 2 por ciento de la población llegaba a los cuarenta.

HOMBRE DE ARMAS LLEVAR
Se supo también que Ötzi iba bien abrigado. Vestía un taparrabos, calzas y un jubón confeccionados con cueros de ciervo y de cabra; una capa hecha con fibras de tilo y un gorro de piel de oso. También usaba calzado de cueros de oso y de cabra, envuelto con pasto para darle aislamiento. El pasto era mantenido en su lugar por tiras de cuero.Además, iba bien armado. Portaba un hacha, con mango de madera de tejo y hoja de cobre. La hoja era mantenida en el extremo del mango mediante tiras de cuero y goma de abedul. Es el hacha prehistórica mejor conservada que se ha descubierto hasta ahora.Y como si fuera poco, llevaba un cuchillo de pedernal, con mango de madera de fresno, y un largo arco de tejo. En un carcaj de cuero transportaba catorce flechas de madera. Sólo dos estaban terminadas, con puntas de pedernal en un extremo y plumas en el otro para estabilizar el vuelo. Ambas estaban rotas.

Dentro de un morral, también de cuero, guardaba materiales para encender fuego: hongos del abedul secos, que arden con facilidad, y fragmentos de pedernal y pirita, rocas que producen chispas cuando son golpeadas. Tenía una pequeña herramienta de pedernal con la punta afilada, que posiblemente usaba para tallar las rocas, y hongos con propiedades medicinales atravesados por una correa de cuero.Nunca se había encontrado algo así. Las ropas y otros objetos fabricados con materia animal o vegetal se descomponen enseguida, a menos que estén hechos con hueso. A diferencia de lo que ocurre en las tumbas, donde las más valiosas pertenencias de los difuntos son acomodadas a su alrededor como parte de un ritual, todo lo que Ötzi llevaba encima en el momento de su muerte se conservó intacto hasta el presente. Es como ver una foto tomada un día cualquiera en la vida de un hombre de hace 5000 años.

VICTIMA DE LAS ENFERMEDADES

Algunas de las enfermedades que lo afectaban fueron identificadas con rayos X y tomografía computada (técnica que proporciona imágenes tridimensionales del interior del cuerpo). Ötzi tenía artritis en las articulaciones del cuello y la cadera, una dolencia que suele provocar fuertes dolores. En varias de sus arterias se detectaron depósitos de calcio que seguramente dificultaban el flujo de la sangre (posiblemente, arteriosclerosis).

Sólo se encontró una de sus uñas (separada del cuerpo). En ella se observan unas líneas características que aparecen cuando el crecimiento de la uña se interrumpe a causa de una enfermedad. Por la ubicación de las líneas, se dedujo que en los seis meses previos a su muerte Ötzi estuvo muy enfermo en tres ocasiones. Probablemente sufría diarrea, porque sus intestinos contenían numerosos huevos de un gusano parásito que provoca ese trastorno.

¿Y USTED A QUE SE DEDICA?

Iba bien armado, así que bien pudo ser un cazador o un guerrero. Como llevaba hongos con propiedades medicinales, quizás fue un chamán. Alguien propuso que pudo ser un pastor, porque yacía cerca de un antiguo sendero de ovejas. La gran cantidad de cobre detectada en sus cabellos hizo pensar que se dedicaba a trabajar ese metal. Otros han sugerido que era un fugitivo que fue ultimado por sus perseguidores, o la víctima de un sacrificio ritual.

Spindler imaginó que al regresar a su comunidad, luego de una prolongada ausencia, Ötzi se vio envuelto en un violento conflicto, quizás una masacre ocasionada por los miembros de otra comunidad, y resultó herido. Entonces buscó refugio en las altas cumbres, de donde nunca regresó. Estas interpretaciones tienen débiles fundamentos y a veces una buena dosis de imaginación. La verdad es que no hay ninguna evidencia concreta acerca de la ocupación de Ötzi o el motivo que lo llevó a lo alto de la montaña.

LA ULTIMA CENA

Durante el día y medio que precedió a su muerte, Ötzi anduvo por un bosque de pinos a dos mil metros de altura. Luego descendió a uno de los valles de la región. Después volvió al bosque de pinos, pero esta vez siguió subiendo hasta superar los tres mil metros, donde no hay vegetación y el hielo es permanente. A lo largo del camino bebió agua varias veces a diferentes alturas. Su anteúltima comida fue carne de cabra, cereales y otras plantas. Su última comida, unas pocas horas antes de morir, fue carne de ciervo rojo y cereales.Sus últimos movimientos se reconstruyeron investigando lo que había en la última porción de su intestino delgado. Con ayuda de un microscopio y mediante análisis de ADN, se identificaron los granos de polen de los árboles que encontró a su paso (que ingirió en forma involuntaria, junto con la comida o el agua), los restos de los últimos animales y plantas que comió, y las algas microscópicas que había en el agua que fue bebiendo.En su intestino también se encontró una forma primitiva de trigo finamente molido, que posiblemente comió en forma de pan. La presencia de polen de carpe negro, un pequeño árbol que florece a fines de la primavera, indica que Ötzi murió en esa época del año.

SU MUERTE

Como no presentaba señales externas de agresión ni de enfermedad, durante algún tiempo prevaleció la explicación más obvia: Ötzi había muerto de frío. Sorprendido por una tormenta, se detuvo a descansar, se quedó dormido y se congeló. O cayó en una grieta en el hielo de la que no pudo escapar.

Luego se descubrió que en la mano y la muñeca derechas tenía heridas como las que reciben quienes se defienden de un ataque. Además, en su cuchillo y en una de las puntas de flecha que llevaba se detectó sangre de otra gente. En la punta de flecha había sangre de dos personas, como si Ötzi hubiera herido a dos adversarios con la misma flecha, recuperándola en cada ocasión (es posible, ya que las flechas eran bienes valiosos y necesarios para la supervivencia).


Todo esto apuntaba a una pelea con un desenlace mortal.

Finalmente, se encontró una punta de flecha dentro de su hombro izquierdo. El proyectil ingresó por detrás, como lo atestiguan un agujero en la capa, a la altura de la herida, y un corte de dos centímetros en la espalda. La punta de la flecha perforó una arteria y produjo una importante hemorragia interna. Se ha estimado que hay un 40 por ciento de probabilidades de sobrevivir a una herida como ésta.

“ESE HOMBRE”

Apenas se difundió la noticia del descubrimiento, el gobierno austríaco mandó buscar a Ötzi para transportarlo a la ciudad de Innsbruck. Unos días después se demostró que el lugar del hallazgo pertenecía a la provincia italiana de Bolzano. Austria devolvió el cuerpo siete años más tarde.Actualmente, los restos “descansan” en el segundo piso del número 43 de la Vía del Museo, en la ciudad de Bolzano, donde funciona el Museo de Arqueología del Sur del Tirol; están dentro de una cámara hermética, a 6 grados centígrados bajo cero y 99 por ciento de humedad. El público puede verlo a través de una pequeña ventana.

De vez en cuando, algún investigador pide permiso para estudiarlo. Si las autoridades del museo lo autorizan, Ötzi es trasladado a una cámara vecina, donde la temperatura es menos rigurosa. El investigador dispone de unos pocos minutos para realizar su trabajo, porque está prohibido descongelar los restos.Luego, el cuerpo es conducido de regreso a la primera cámara. Cada día, de martes a domingo, entre las 10 y las 17.30, cientos de personas se asoman a la pequeña ventana para contemplar uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de todos los tiempos.

LA TRAGEDIA DE ISHI, EL ÚLTIMO NATIVO LIBRE DE CALIFORNIA

En 1911 fue capturado un indígena a las afueras de uno de los pueblos californianos de la fiebre del oro. Aparentemente era el último de su tribu y se negó a revelar su nombre. El antropólogo Alfred Kroeber se hizo cargo de aquel indio perdido y sólo con un gran esfuerzo pudo comunicarse con él. Lo llamó Ishi, que en la lengua de su tribu, los Yahi, quería decir “hombre”. Siguiendo la moda de los zoos humanos, Kroeber incorporó a Ishi al Museo de Antropología de San Francisco como su principal atracción, aunque también existió una entrañable amistad entre el antropólogo y el indio. Vamos a relatar aquí algunos pormenores de la asombrosa historia de Ishi, el último nativo libre de California, y del exterminio de sus tribus originarias a causa de la quimera del oro.

  1. La fiebre del oro

En 1842 se descubrió oro en las montañas al norte de Los Ángeles, entonces territorio de México y que, hasta 1834, había sido dominio colonial español. Mediante una rentable operación diplomática, los Estados Unidos arrebataron al país vecino el territorio de California en virtud del Tratado de Guadalupe, que puso fin a la guerra entre ambas naciones. Pocos días antes de su firma, se produjo el sensacional hallazgo de gran cantidad de oro mientras construían un molino en Sacramento. La noticia corrió como un reguero de pólvora y no tardaron en llegar cazafortunas a la región, que  desde entonces pasó a llamarse la “Tierra Dorada”. Inicialmente los buscadores de oro, todavía no muy numerosos, venían desde lugares cercanos. La verdadera avalancha se produjo en 1849, lo que hizo que aquel aluvión de inmigrantes, venidos de todas partes del mundo, fuesen conocidos como los “Forty-Niners”.Y también como los “Argonautas”, porque la mayoría llegó por barco.

La bahía de S.Francisco, repleta de barcos abandonados. Todos se quedaban a buscar oro

Hacia 1855 el número de mineros ya se elevaba a 300.000. San Francisco, una aldea con menos de 1.000 habitantes en 1848, el pistoletazo de salida de la locura del oro, pasó a tener una población de 25.000 en 1.850. En ese momento California había alcanzado tanto peso político y económico que pudo convertirse en un estado independiente de la Unión. Su lema es “Eureka”, en homenaje a los buscadores de oro que permitieron un desarrollo de la región sin precedentes, lo que tuvo su reflejo en la esplendorosa arquitectura de San Francisco. Aquel  terreno árido e inculto se transformó en una nueva Tierra de Promisión, el sueño de fabulosas riquezas. En un solo día podían ganarse miles de dólares, aunque muy pocos de aquellos buscadores consiguieron hacer fortunas estables.

  1. La “Solución Final”en América

Pero el verdadero lado oscuro de aquel típico sueño americano fue el exterminio casi total de las poblaciones nativas, consideradas un estorbo en el camino hacia el preciado metal. El gobierno de los Estados Unidos no reconocía a los indígenas ningún derecho a ocupar sus territorios ancestrales. Por ello, autorizaba a cualquiera a reclamar las tierras siempre que fuesen explotadas, un medio para incentivar su rápida ocupación por los blancos en la expansión del país hacia el oeste. Al principio, los indios soportaron pacientemente la intrusión de los buscadores, que escarbaban sin cesar en las arenas de los ríos situados en sus lugares tradicionales de caza y pesca.
El jefe Tenaya, de los Ah-wah-nee-chee, pidió al famoso minero y explorador James Savage que los dejaran en paz: “No queremos nada de los hombres blancos. Nuestras mujeres son capaces de hacer nuestro trabajo. Iros, dejadnos permanecer en las montañas donde nacimos, donde las cenizas de nuestros padres han sido entregadas a los vientos”. Pero su vehemente ruego no fue escuchado. Cuando los indios respondieron con la fuerza a los abusos que los reducían al hambre y a la miseria, los colonos  utilizaron ese pretexto para masacrarlos. Los periódicos incitaban a la furia exterminadora, que caía sobre un suelo fértil, el racismo rampante de los nuevos pobladores de California. En abril de 1849 un periódico de San Francisco se hizo eco de la opinión de los mineros de que, para trabajar en las minas de manera segura, era absolutamente necesario acabar con los salvajes, exigiendo que el gobierno sufragara los gastos necesarios para ello. Cualquiera que hablase de firmar la paz con los pieles rojas debía ser considerado un traidor.

A raíz de esa campaña publicitaria, las ciudades ofrecieron dinero por cada cabeza o cabellera de indios que cortasen. Además, los costes de esas expediciones eran reembolsados por los estados o por el gobierno federal. Entre 1851 y 1852 el flamante estado de California pagó dos millones de dólares para que los colonos limpiasen su territorio de indios. Las recompensas comenzaron siendo altas, 5 dólares por cabeza allá por 1855. Pero cuando la degollina alcanzó su paroxismo, el premio se redujo a 25 centavos. La prepotencia de los mineros llegó hasta el punto de elaborar un código de actuación, repartido a las tribus indias, en el que les advertían de la obligación de entregar a los autores de cualquier crimen. Si no lo hacían en un tiempo razonable, la respuesta sería la destrucción del poblado al que pertenecía el infractor y de todos sus habitantes y, caso de no ser identificado, el poblado más cercano al lugar de su comisión. Se  calcula que, al amparo de tan arbitraria norma, entre 1855 y 1863 fueron arrasados unos 150 asentamientos indios.
Los buscadores de oro también trajeron consigo enfermedades (cólera, malaria, viruela, tuberculosis, fiebres tifoideas…) contra las que los nativos carecían de defensas, incrementando aún más la gran mortalidad que sufrían por el hambre y la violencia. Por si ello no fuera suficiente, la fiebre del oro acabó igualmente con el sistema de vida tradicional de los indígenas. Por un lado, perdieron sus terrenos de caza y pesca. Los ríos sufrieron una tremenda contaminación a causa de productos químicos como el mercurio, utilizados para extraer el oro. La corriente del río Sacramento tenía en aquella época un sucio color amarillo que acabó con todos los salmones. Los nativos fueron confinados en reservas, donde malvivían borrachos y atemorizados, no atreviéndose a cazar o pescar sin permiso de los amos blancos. Cualquier intento de robar comida o ganado a sus opresores era cruelmente castigado.

Por otra parte, los propios nativos se incorporaron también a la frenética búsqueda del  metal áureo. A comienzos de 1849 había 4.000 mineros trabajando en la región, de los cuales la mitad eran indios, si bien desconocían el valor de cambio del polvo dorado. Los codiciosos negociantes los estafaban descaradamente vendiéndoles bienes de consumo a cambio de su peso en oro. Cuando los indios consiguieron enterarse de su verdadero valor, los astutos vendedores inventaron nuevos procedimientos para seguir engañándolos.

A consecuencia de todos esos cambios tan radicales, la población india de California, cifrada entre 310.000 y 705.000 habitantes antes de la llegada de los blancos, se redujo a 150.000 en 1845. Ya eran solo 31.000 en 1870, según el censo estatal y, en 1910, habían desaparecido prácticamente. Y aquí comienza la historia de Ishi y Kroeber, pero antes de relatarla tenemos que retroceder unas décadas, hasta las espantosas matanzas de la década de 1860.

  1. Los últimos Yahi

Ishi quizá nació en 1.860 o 1861. Cuando era muy pequeño, en 1865, el poblado de su padre sufrió un ataque en el que fueron masacrados 40 indios, entre ellos su propio progenitor. La madre se tiró al río llevando con ella al niño y consiguieron escapar de aquel lugar de muerte flotando entre cadáveres. Los Yahi no conocían los caballos ni las armas. Les asustaba el “palo de fuego que explotaba con voz de hierro y nube de humo”. Aterrorizados por aquellos demonios blancos, de cuyos caballos colgaban cabezas y cabelleras, solo un pequeño grupo logró sobrevivir en una recóndita región, ocultos en los cañones de los ríos Mile Creek y  Deer Creek. Ese aislamiento y las duras condiciones de supervivencia del lugar hicieron que, poco a poco, los últimos Yahi se fueran muriendo, hasta que solo quedaron cuatro. En 1908 el lugar fue descubierto por los técnicos de una empresa encargada de construir una presa hidroeléctrica. Después encontraron a la anciana madre de Ishi, y los blancos se llevaron como recuerdo etnológico algunas de las pertenencias de aquel grupo prácticamente extinto. En 1911 el único miembro de la banda que quedaba con vida era Ishi.

“Palpitante, hambriento y débil, fue a los pinos situados por encima de Tres Lomas donde hacía un poco más de fresco. Allí vivió como pudo, hasta que las lunas calientes decayeron.

Entonces atravesó el promontorio del Cañón de Banya, tomando el viejo camino familiar, cañón abajo, de la Cueva de los Antepasados, donde quemó tabaco y resina de pino, rezando mientras el humo fragante llenaba la cueva.
 Aquí no queda ninguna Presencia de Espíritus. Soy el último del Pueblo; cuando yo haya desaparecido, será como si nunca hubiéramos existido” (de Ishi. El último de su tribu. T. Kroeber)

Desesperado y medio muerto de hambre, huyó de aquel territorio inhóspito para conseguir comida. Cuando se arriesgó a avanzar hacia el matadero a las afueras de Oroville,  lo atraparon los lugareños. El sheriff lo encerró en una celda para protegerlo e informó del hecho al Departamento de Asuntos Indios. Este organismo aceptó que se hiciese cargo de él Alfred Kroeber, jefe del Departamento de Antropología de la Universidad de California en Berkeley, experto en las culturas nativas de la región. Kroeber comisionó a su compañero, el también antropólogo Thomas T. Waterman, para traerlo en tren hasta San Francisco. Apareció vestido con traje y sombrero… pero sin zapatos. Tiempo después diría: “Ahora lo sé. No hay nada que esté mal en los pies de los saldu (rostros pálidos). Lo que está mal es lo que vosotros llamáis zapatos. ¿Cómo sabes por dónde andas cuando tus pies no tocan la tierra?”
Ishi no llevaba el pelo largo sino cortado, probablemente en señal de un duelo prolongado, pues sus parientes hacía largo tiempo que habían muerto, dejándolo como único vestigio de su cultura ya fenecida. La prensa se hizo eco de la aparición de aquel salvaje, cuando todo el mundo creía que los nativos originarios de California llevaban varias décadas extinguidos. Ahora aquel viejo guerrero solitario no representaba ningún ningún peligro. Era sólo una rareza digna de estudio. Su presencia coincidió providencialmente con la apertura del Museo de Antropología en San Francisco, del que era director Kroeber.

  1. 4. Antropología de salvamento en el Museo

En aquellos tiempos, que se han llamado la fase museística de la Antropología, se creía que la cultura de los pueblos estaba impregnada en los objetos, de ahí el afán por recopilarlos y conservarlos en los numerosos museos etnológicos que se fueron creando.
Aunque todos querían saber el nombre del indio, decirlo abiertamente era tabú para los Yahi, por miedo a que los enemigos pudieran dañarlos con la magia, así que el guerrero se negó a revelarlo. Kroeber lo llamó Ishi, “Hombre” en su lengua Yahi, y lo convirtió en la mayor atracción del Museo. El antropólogo explotó el deseo de rarezas y novedades del público: “En Ishi  estoy seguro que hemos encontrado el más incivilizado e  incontaminado hombre en el mundo”. Lo empleó como celador en el Museo, donde los domingos por la tarde hacía exhibiciones de talla de puntas de flecha, elaboración de raspadores, arpones, cestas y arcos…También encendía fuego e imitaba los sonidos de los animales salvajes, sentado a la puerta de una cabaña de ramas.
Los habitantes de la ciudad acudieron en masa a aquellas sesiones dominicales, atraídos por los irresistibles reclamos que lanzaba Kroeber en la prensa. En  la edición de Los Angeles Times de 10 de septiembre de 1911  invitaba al público a contemplar a“el último hombre de América que no conoce las Navidades”. La afluencia durante los seis primeros meses de vida del Museo fue superior a 24.000 visitantes, todo un espaldarazo a la labor de difusión de Kroeber. Fernando Monge ha puesto de relieve cómo esta formula divulgativa estaba relacionada con la moda de las exhibiciones etnológicas, que hicieron furor en el último tercio del siglo XIX y el primero del siglo pasado. En esas exposiciones etnológicas vivas se  reforzaba la relación de desigualdad entre el colonizador y los colonizados. Por su naturaleza ambivalente, en el caso de Ishi resulta difícil deslindar el espectáculo del estudio científico. Sin embargo, es cierto que Kroeber dio a Ishi un trato muy humanitario. A pesar de que, como indio, legalmente carecía de ningún status ni derecho, se responsabilizó de él, lo hizo su amigo y trabajó a su lado intensamente en una frenética tarea de salvamento etnográfico. De hecho, Ishi pudo reconocer en el Museo algunas cestas que había confeccionado su prima, y el descubrimiento de que las últimas posesiones de su pueblo estaban a salvo le produjo una honda emoción.

Dado que la universidad no espera que la casi prehistórica criatura sobreviva durante mucho tiempo en la civilización, el personal de la facultad ha realizado registros sonoros de su desconocido lenguaje. Si este hombre no hubiera sido capturado y su lenguaje no hubiera sido preservado por medio de grabaciones fonográficas, este lenguaje se habría extinguido con su muerte” (Los Angeles Times, en una noticia publicada poco después de la aparición de Ishi).

La voz de Ishi fue grabada en incontables cilindros de cera, que registraron listas de palabras, relatos y canciones cuyo significado, no obstante, se les escapaba. Por ello, al poco de llegar Ishi a San Francisco, Kroeber  pidió  ayuda a Edward Sapir, el mayor experto en lenguas nativas y que, como él, había sido discípulo de Franz Boas. Pero entonces Sapir se encontraba en Canadá, realizando trabajo de campo, y no pudo acudir.

  1. Empezar una nueva vida en San Francisco

Ishi siempre sintió una viva curiosidad por la animada vida de San Francisco. Tenía un don natural para comprender los fenómenos culturales que sucedían a su alrededor. Probablemente ello fue resultado de su constante necesidad de adaptación a condiciones extremas de supervivencia. Waterman decía de él que tenía una caballerosidad innata. Todo le sorprendía: los trenes, los tranvías, los coches, el Golden Gate… Lo que más le llamaba la atención eran las enormes multitudes que poblaban la ciudad. No es extraño pues, antes de llegar a San Francisco, nunca había visto juntas a más de 40 personas. Tan pequeño era el grupo de indios que consiguió escapar del exterminio.

La prensa recogía alborozada las reacciones del “salvaje” a las maravillas tecnológicas del siglo XX. Kroeber lo llevo al teatro, donde disfrutó con la maravillosa voz de Caruso, y también con la bella Lily Lena, la estrella del music hall en el Orpheum Theater de San Francisco, al que Ishi calificó como “el paraiso de los blancos”.

Los periódicos, siempre dispuestos a explotar el tirón popular del mito de la bella y la bestia, no dudaron en publicar que Ishi estaba enamorado de la actriz. Y es que algo que preocupó muchísimo al público del momento era si Ishi tomaría una esposa blanca para continuar su estirpe. Hasta recibió algunas propuestas de matrimonio, acompañadas con fotos de las candidatas. Pero Ishi ya tenía entonces más de 50 años y no andaba bien de salud, por lo que el vínculo matrimonial no le debió de parecer una opción a considerar.

Lily Lena

En definitiva, es fácil ver en la curiosa y amigable reacción del pueblo americano hacia Ishi el eco del mito del buen salvaje,  que tan bien encarnó este indio digno y apacible. Durante los cinco años que vivió en contacto con la civilización, nunca mostró el menor resentimiento contra los descendientes de aquellos que habían destruido completamente a su pueblo.

  1. El retorno a lo salvaje

Al poco de llegar a San Francisco, Ishi sufrió una bronconeumonía. Fue tratado por el doctor Saxton  Pope, que se mostró muy interesado por las habilidades al arco de Ishi. Entre ambos se estableció un fuerte lazo de camaradería y salían a cazar juntos con frecuencia.
También tuvo una excelente relación personal con el antropólogo Waterman, en cuya casa vivió en el verano de 1915, después de que el gobierno criticase a Kroeber por tener a Ishi viviendo en el Museo. Kroeber le ofreció la posibilidad de volver a su tierra, aunque él se negó ya que todos sus ancestros habían muerto. Dijo que en sus tierras no quedaba ninguna “Presencia” y que deseaba acabar sus días en el Museo, entre sus objetos queridos. Ante la insistencia del antropólogo, Ishi  accedió a realizar una expedición al Valle del Deer Creek junto con Waterman y Pope en 1914. Pero la salida fracasó porque Ishi descubrió que las provisiones para el viaje se habían guardado en el Museo, lugar de las cosas muertas, por lo que para él estaban contaminadas.
Subsanado el problema, por fin pudo partir la expedición, que se encargó de cartografiar el territorio y de tomar muchas fotografías a Ishi haciendo alarde de sus habilidades en su medio natural. Allí él era el profesor y los científicos, sus alumnos. Disponía de un apabullante número de nombres para todo tipo de plantas medicinales, rocas y lugares. Al comienzo de la estancia, Ishi se mostró preocupado porque sentía que sus ancestros lo llamaban. Una noche se perdió en el bosque pero después apareció más tranquilo, diciendo que ya estaba seguro de que habían encontrado su camino hacia el otro mundo. “Ishi se irguió y cantó las antiguas canciones rituales y recitó la Plegaria del Final…Luego se sentaron en la orilla mientras Ishi encendía una pipa de tabaco sagrado y expulsaba el humo al Mundo Celeste, al Mundo Subterráneo, y al Norte y al Oeste y al Este y al Sur: en todas las direcciones de la Tierra. Ishi dio al Majapa y a Maliwal tabaco en polvo para que lo echaran desde sus palmas planas y abiertas mientras él recitaba la plegaria de la Purificación”. (Ishi. El último de su tribu. T.Kroeber)
Finalmente, tras una impenetrable muralla de robles, encontraron el lugar escondido donde el grupo de Ishi había sobrevivido en condiciones durísimas. “Ishi hizo un dibujo en otro trozo de papel amarillo, con las líneas de los límites, semicírculos para las aldeas y puntos en los senderos. El Majapa escribió los nombres tal y como él los decía. Era un mapa-dibujo del Mundo de los Yahi. Cuando estuvo acabado, Ishi preguntó: « ¿Podrías tú contar la historia de los Ancianos? ¿Podrías tú hacer un libro?»

« Sí. Podría comenzar por tu dibujo-mapa. Tendría las palabras Yahi que tú me has dicho y tantas palabras como tú quieras decir.» Señaló la fila de cuadernos de apuntes de su mesa. « Muchas lunas después de que tú y yo hayamos viajado por el Sendero de los Muertos, quienes vivan en mundos lejanos podrán leer y saber cómo hablaba el Pueblo y quiénes eran sus Dioses y sus Héroes, y cuál era su Camino… si tú quieres.»

« Quiero. Aiku tsub. Yo hablaré la Lengua; tú escribirás mucho Yahi. Los Ancianos vivirán en el libro.» (De Ishi. El último de su tribu. T.Kroeber)

  1. Los últimos días

De vuelta a la civilización, por fin pudo ocuparse de él Edward Sapir, a quien Ishi relato la historia de la Creación según su mitología. A pesar de su extraordinaria capacidad  para captar los distintos matices de los sonidos, Sapir reconoció que aquel fue el trabajo más difícil y cansado de toda su vida profesional. Pero, a pesar de su inmenso valor, aquel trabajo quedó incompleto. El esfuerzo lingüístico agotó sobre todo a Ishi, que había sido diagnosticado de tuberculosis avanzada en 1914. Dos años después lo ingresaron en el hospital universitario sin posibilidad de curación. Informaron del hecho a Kroeber, que entonces se encontraba fuera de San Francisco. El antropólogo se apresuró a mandar una carta para impedir los manejos científicos que sabía que tenía deparados Ishi sin su intervención. Prohibió que le practicasen autopsia bajo ninguna circunstancia, pues había que preservar el cuerpo para la ceremonia Yahi de liberación del espíritu. Según las instrucciones que Ishi había dado a Pope, para su viaje hacia el Oeste debían quemarlo y enterrarlo con su mejor arco, cinco de sus mejores flechas, una caja llena de conchas, su pipa de piedra, un monedero con tabaco, un cestito con harina de bellota suficiente para cinco días y sus recuerdos familiares. Kroeber también se negó a que guardaran su esqueleto. En un arranque de sinceridad, Kroeber denunciaba en la carta que los museos estaban llenos de esqueletos de nativos que nadie estudiaba y que, en su opinión, las ciencias podían irse al infierno (“go to hell”).
Lamentablemente, Ishi falleció el 24 de marzo de 1916, antes de que se recibiera la misiva. Le hicieron una máscara funeraria y, como Kroeber se maliciaba, le practicaron la temida autopsia. Quemaron su cuerpo, a excepción de cerebro, que se conservó en formol en el museo y después fue enviado al Smithsonian, y le dieron un a ceremonia de enterramiento cristiana. Sus cenizas reposaron largos años en una pequeña urna negra en el cementerio local, cuya lápida rezaba “Ishi, the Last Yana Indian 1916”.
Waterman quedo muy afectado y con complejo de culpa, pues pensaba que le había matado el enorme esfuerzo de trabajar con Sapir. También Kroeber se cuestionó su vida profesional y hasta se sometió a psicoanálisis. Ya no escribió ninguna publicación más sobre Ishi, y es muy significativo que su segunda esposa, la antropóloga Theodora Kroeber, no comenzase a publicar las diversas obras sobre Ishi que la hicieron famosa hasta 1961, un año después de la muerte de Kroeber.

Las pertenencias de Ishi están expuestas en el Museo de Antropología, actualmente en Berkeley, en una sala dedicada a su memoria.
No podemos terminar este relato sin revelar que, en los últimos años, se han producido algunas sorprendentes novedades sobre el caso de Ishi. El arqueólogo Stevens Shackley declaró que Ishi no pudo ser un individuo Yahi puro. Su conclusión se basa en el análisis de las puntas de flecha que Ishi fabricó, que responden al modelo de los Madiviva o de los Nomlaki,  pueblos vecinos y enemigos de los Yahi. De acuerdo con Sackley, Ishi quien aprendió a tallar las puntas con miembros de esas tribus, aunque hablara la lengua Yahi. La matanza de sus congéneres seguramente hizo que los escasos sobrevivientes tuvieran que buscar refugio con los de otros pueblos de la región.

Tampoco fue Ishi el último Yahi, puesto que tiempo después de su muerte aparecieron otros Yahi, que se habían  mezclado con otras tribus.

En 2010 sus restos y cenizas volvieron a sus territorios históricos. Fueron enterrados en plena naturaleza durante una ceremonia nativa privada.

Ishi supo ser un espíritu noble y fuerte, a caballo entre dos mundos y así lo retrató en múltiples libros Theodora Kroeber. Sobre Alfred y Theodora Kroeber, y su bibliografía sobre Ishi,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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