Fernando Jordán Juárez, su vida, su muerte, su tumba, y el otro México.

(México, D.F., 1920-La Paz, Baja California Sur, 1956). Periodista y escritor. Uno de los pocos viajeros que hizo de Baja California su espacio de interés y que acabó viviendo en ella como un californio más. En vida publicó El otro México. Biografía de una península (crónica de viajes, 1951), uno de los libros más importantes del siglo XX como estudio-reportaje-visión global de la vida penínsular y considerado un clásico de nuestras letras. En 1955 publicó otra obra parecida, sobre Chihuahua: Crónicas de un país bárbaro. Un año antes de morir ganó un premio de poesía con su poema “Calafia”, dedicado a la historia penínsular. Cuatro décadas más tarde se han publicado los libros que dejó al morir: Mar roxo de Cortés (crónica de viaje, 1995) y Tierra incógnita (crónica de viaje, 1996).
Fernando Jordán Juárez es recordado y reconocido como el primer cronista del siglo XX de la península de Baja California, durante siete años (1949 a 1956) recorrió la península por encargo de la revista Impacto que dirigía el también periodista Regino Hernández Llergo.Jordán nació en la ciudad de México un 26 de abril de 1920, inició estudios de arquitectura en la escuela vocacional, al terminar el bachillerato ingresó a la recién creada Escuela Nacional de Antropología e Historia dependiente del Instituto Politécnico Nacional donde se relacionó con el periodismo estudiantil. En 1945 ya como antropólogo se empleó como reportero en el diario La Prensa hasta 1948 que se fue a trabajar a la revista Mañana a las órdenes de Hernández Llergo.Hernández Llergo lo contrató como corresponsal viajero vistas sus credenciales de periodista y antropólogo, su primer trabajo fue acompañar a la marina mexicana en una expedición al Archipiélago de Revillagigedo, su segunda misión fue una expedición a Chiapas donde escribió sobre las etnias del lugar, siguieron Coahuila y la rara población de raza negra que habita ahí, Chihuahua y los albinos menonitas para terminar con visitas a la afrancesada Nautla Veracruz y Chipilo Puebla con su notable migración italiana, mas no paró ahí el corresponsal estrella de la revista Mañana, regresa a la ciudad de México y parte a la selva lacandona para rematar con una visita a la zona arqueológica de Yucatán, en sus reportajes denuncia la destrucción de ruinas prehispánicas de parte de los contratistas que abren caminos en la selva.En Agosto de 1946 empieza junto con Hernández Llergo una nueva aventura en la recién fundada revista Impacto, sus artículos donde denuncia la corrupción gubernamental provocan escándalo al grado que su jefe y amigo le recuerda que tenían pendiente un gran reportaje sobre la península y a Ensenada Baja California viajó en 1949 para dar testimonio del territorio que nombró El Otro México.Nunca abandonaría Jordán del todo la península, regresaba al macizo mexicano donde escribía artículos bien cimentados que en ocasiones molestaban a muchos políticos pero siempre volvía a la península, de sus reportajes que envió al semanario Impacto resultó el libro “Baja California Tierra Incógnita”, de su travesía por el mar de Cortés resultó el libro “Mar Roxo de Cortés; biografía de un golfo” y de su amplia estancia en la península que recorrió de cabo a rabo y trató lo mismo con pescadores que con capitantes, con pilotos que agricultores, con gobernantes que rancheros, de ese amplio conocimiento nació la que sería su obra mas reconocida, editada y reeditada . . . “El Otro México; Biografía de Baja California”

En la imagen el Teniente Coronel y C.P.A. César Atilio Abente en compañía del periodista Fernando Jordán Juárez.

Jordán se suicidó a los 36 años en La Paz Baja California Sur en la madrugada del 14 de mayo de 1956 en casa de los Abente que lo hospedaban, dejó inconclusas algunas obras que antes de morir incineró, era sabido que tenía problemas con sus demonios internos, demonios que no supo o quiso dominar. Sus restos yacen en el panteón municipal de los San Juanes en la ciudad y puerto que tanto amó.

A veinte pasos de la entrada principal del panteón yacen los restos de Jordán.

Los derechos del libro El Otro México los cedió la señora Barbro Dahlgren Vda. de Jordán a la Universidad Autónoma de Baja California (UABC).
CALAFIA  (poema) Fernando Jordan

Poema premiado con  la flor natural, en los Juegos Florales de la Primavera,

en el Territorio Sur, de la Baja California.

La Paz, Baja California Sur a Mayo de 1955.

CALAFIA

(POEMA DE FERNANDO JORNAN)

UN HIMNO A SUDCALIFORNIA

CALAFIA

“Sabed -dice el poeta- que a la diestra mano de las Indias hubo una isla

llamada California, muy llegada a la parte del Paraíso Terrenal, la cual,

fue poblada de mujeres negras, sin que algún hombre entre ellas

hubiese, que casi como las Amazonas era su manera de vivir…

la ínsula en si la más fuerte de rocas y bravas peñas que en el mundo

se hallaba; las armas eran todas de oro, y también las guarniciones

de las bestias fieras, en que después de haberlas amansado,

cabalgaban; que en toda la isla no había otro metal alguno.

En esta isla de California vivía una reina Calafia llamada…

(Garci Rodríguez de Montalvo: Sergas de Esplandian – S. XVI  -1510)

►►☼◄◄

C A L A F I A

(Fernando Jordán)

A ti, conquistador
-habló el guaycura-,
que tienes la piel blanca,
el alma dura,
una llama del sol en la rizada barba
y en la mirada
el odio y la ambición;
a ti, conquistador,
yo te ofrezco la tierra.

Quédate aquí, pues has venido.
Sí, en la persecución de una ilusión
el viento te ha traído,
no hubo escala mejor para tu nave
que el de mi tierra de ilusión.
¡Quédate aquí conquistador,
y dale un nombre!
Un nombre legendario, como el mito
que antes que tú la hallara.
Es la tierra del sol y del desierto,
de la ternura y el amor.
Quédate aquí conquistador,
que toda es tuya.

Tuya es la costa mágica
de perlas y de arena,
los bosques de cardones,
la sierra que se eleva
para mirar el mar,
las fuentes que recortan esmeraldas
sobre la tierra seca,
los valles donde el sol
duerme la siesta,
las islas de misterios y de peces
y las vetas;
estas vetas fundidas por el diablo
con el fuelle de Dios.
Tuyo todo es, conquistador
pues has venido.
Las mil generaciones de mis padres
te esperaban
en las noches sin fin
y sin estrellas,
y es tan solo por ello
que en nombre de mi pueblo,
hoy te ofrezco la tierra.

El guaycura calló.
Y Cortes,
Que escuchaba,
Una mirada vaga dedicó a la tierra.
Los ojos entorno y abrazo de un vistazo
al indio,
al mar,
y al infinito.
Con los ojos resecos por la angustia
de la tierra sedienta
al indio respondió:

Nombre si te daré; no mi presencia.
Tu tierra un nuevo galardón
será para mi gloria.
La llamo California,
la del mito,
para ligar así con mi leyenda.
Más no puedo quedarme.
Mi pasión y mi espada
mi arcabuz y mi alma
hanse quedado al sur,
con la Malintzin y con Guatimoc.
Aquí no soy conquistador,
soy el descubridor…
y el conquistado.
Levo anclas otra vez,
regreso al pueblo
cuya sangre
decoré mi escudo.
Mi espíritu es guerrero…
y esta es tierra de paz,
indio,
¡tu tierra!

II
Hombre que marchas con la cruz
-pidió el guaycura-,
monje de la sotana,
misionero,
apóstol,
peregrino de Dios;
detente y salta el mar.
Te necesito.
Hace un millón de lunas
que abandonado estoy
perdido en los caminos
que siguiera la raza.

Mis hermanos de ayer llegaron
a la tierra prometida
arrastrados por Tlaloc
y por Quetzalcoatl.
Yo solo estoy aquí
solo sin Dios,
sin esperanza,
sin sino y sin fortuna.
Huitzilopochtli
(el de ellos)
me negó la enseñanza de la guerra;
Chac me oculto la lluvia,
no hubo dios de las mieses
ni una Xochitl de vino.
Pero la tierra es buena,
es noble,
es tierna.
Te espera y nos espera.
Solo nos faltan guías
y una pizca de fe.
Hombre de la sotana
¡salta la mar y ven!
Peregrino de Dios
¡te necesito!
El monje de la cruz oyó el llamado
y vino.
Hablo al indio de cerca,
cara a cara.

Por tu esperanza,
hijo de aborigen –dijo-
por tu amor a la tierra,
indio extraviado,
yo te daré la fe
la voluntad
la facultad de crear
y el anhelo de ser.
Ocupare tus brazos
y tu espíritu
te llevare conmigo
por playas y por tierras;
dejaremos jalones
en la tierra desierta
y plantaremos juntos
el ejemplo.
Habrá sombra
de Dios en las misiones
(asilos en la tierra calcinada)
sangre nueva  en el fruto de las vides,
carne dulce de trigo,
miel de dátil
y de aroma de jardines,
Te dejare una herencia,
creare tu tradición y otra leyenda;
de tierra generosa y misteriosa.
Ven conmigo, guaycura,
por un tiempo.
Te dejare después,
cuando tengas la fe y no extrañes
ni dioses
ni tutelas.

III
En este amanecer hablo la tierra misma.
Ya no hay guaycura que tome la palabra.
(pues murió en la espera)
La raza se ha perdido creando la nueva raza
y de indio y misionero solo quedan recuerdos.
Se han fundido los cuerpos
y el anhelo guaycura fue mezclado
a la ambición del blanco.

En el hombre moreno,
fustigado por guerras y tragedias,
quedo fija la idea
de aprovechar la entraña,
de perforar roca,
de engalanar los valles,
de encadenar los ríos
y levantar la vida.
¡Más faltaba la fuerza!
Por ello hablo la tierra.
Y dijo:
Yo sufro, hombre de México.
Sufro del abandono y la pobreza,
de un triste olvido secular,
de estar tan sola y lejos.
Hace mucho llegó el conquistador
y más tarde la fe.
Uno me legó el nombre
y el hombre de la cruz la tradición…
mas luego solitaria me dejaron.

Quedo el color del indio
en la piel de los blancos.
Nació el moreno de mi tierra;
tu hermano en las angustias de la Patria.
¡Mis hijos son los mismos, mexicano,
y mi rugosa superficie
un trozo de tu mapa!
¿Por qué olvidada estoy?
¿Por qué tan sola?
¡Basta ya de dolor y vana espera!
¡Quiero también la fuerza!
¡Quiero hacer realidad de mi promesa!
Quiero luchar contigo
brazo a brazo…
Dame una mano, hermano,
hombre de México.
Es tu mano en mi mano la que quiero,
un poco de tu fuerza
y una gota de sangre
que me mate la anemia.
Aquí esta la belleza
y la luz.
Tus ojos beberán paisaje tierno.
Aquí tienes mi piel prodiga y rica
esperando los granos;
aquí tienes el agua de mis venas,
mi estructura de plata, cobre y oro;
mis perlas legendarias,
mi entereza y mi fe;
mi mar de nácar con sus peces
y la repetición eterna del milagro
en la cena de Dios
y la del pueblo.
Compartiré contigo mis oasis,
la tierra perfumada del sur,
llanura infinita
del algodón y el trigo,
los puertos de promesa
los huertos de la fruta;
y si después quieres la paz
yo te la ofrezco en la asoleada Paz
de la bahía.

Oyóla el hombre
(el hijo de la Patria)
Acercase  a la playa
(a la otra playa);
distendió los pulmones
para abrazar de un grito los espacios
y respondió:

Tierra larga y lejana,
te he escuchado.
Ante tu angustia lloro ni egoísmo
por no haberte sentido;
rompo mi llanto
por no haber conocido
que la Patria es solo una
y tu cuerpo un pedazo de mi mapa.
Di a tus hijos
¡oh tierra legendaria y olvidada!
que mis hermanos son
y estoy con ellos
Iré hacia ti por siempre
y no por ambición.
Ni soy conquistador ni conquistado.
¡Soy tu hermano, repito!
Soy tan solo la fuerza necesaria,
el apoyo que añoras
los brazos que me pides
el amor que te falta.
¡Di a tus hijos oh, tierra,
que mañana es la cita!
Que mañana es la cita
para cruzar de surcos
tu perfumada piel,
para beber el agua en las legumbres
y salpicar de copos la llanura.
Que mañana es la cita
para hacer realidad de tu esperanza
y trocar tu tristeza
en alegría.
Que mañana es la cita…
¡y que mañana es hoy,
tierra promesa!

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