Famosa foto de niña quemada por napalm en Vietnam cumple 40 años

La histórica foto de los niños corriendo quemados por napalm cumple 40 años:
Historia de una niña que sobrevivió al horror
Vietman: La niña de la histórica foto del horror
(Niños llorando, entre ellos Kim Phuc, de nueve años, al centro gritando ¡Quema! ¡Quema!, huyen del ataque aéreo con napalm contra una zona donde supuestamente había integrantes del Viet Cong, el 8 de junio de 1972. La foto, que retrató los horrores de la guerra en Vietnam y fue tomada por el fotógrafo de The Associated Press, Nick Ut, cumplió 40 años. )
En la foto, la niña siempre tendrá 9 años y gritará “¡quema!, ¡quema!”
mientras huye de su aldea vietnamita en llamas.
Vietnamese children flee from their homes in Trang Bang June 8th, 1972. A South Vietnamese air force plane has accidentally dropped a napalm bomb on the village 26 miles outside of Saigon. This is without a doubt one of the most remembered images of the war. Twenty-five years later, the young girl running naked from her village, Phan Thi Kim Phuc, was named a UNESCO goodwill ambassador.

David Burnett took this photo of the aftermath of a napalm attack in Vietnam in 1972. While he was loading his camera there, fellow photographer Nick Ut captured the famous “napalm girl” image.

Siempre estará desnuda, víctimas del pegajoso napalm que le quemó la ropa y la piel. Siempre será una víctima sin nombre.

Al fotógrafo de The Associated Press Huynh Cong “Nick” Ut sólo le tomó un segundo tomar la icónica foto en blanco y negro, hace 40 años. Con ella transmitió los horrores de la guerra en Vietnam mejor que cualquier texto, ayudando a poner fin a una de las guerras más controversiales en la historia estadounidense.

Pero detrás de esa foto hay una historia menos conocida. Es la historia de una niñita malherida unida por el destino con un joven fotógrafo. Un momento capturado en el caos de una guerra que sería su salvación y camino a una aventura de vida.

“Siempre he querido huir de ese recuerdo”, dijo Kim Phuc, ahora de 49 años. “Pero parece que la foto no me deja ir”.

Era el 8 de junio de 1972 cuando Phuc escuchó el grito de un soldado: “¡Tenemos que desalojar este lugar! ¡Bombardearán aquí y estaremos muertos!”.
Segundos después vio las estelas de las bombas, amarillas y púrpuras, sobrevolando el templo Cao Dai donde su familia estaba refugiada desde hace tres días, mientras las fuerzas vietnamitas del norte y sur peleaban por el control de la villa.
La pequeña niña escuchó un estruendo encima y volteó hacia arriba. Mientras el Skyraider survietnamita planeaba cada vez más bajo, dejó caer recipientes como huevos. “¡Ba-boom! ¡Ba-boom!”El suelo se estremeció y un calor infernal sofocó la zona mientras un estallido escupió llamas anaranjadas en
todas direcciones.

Las llamas alcanzaron el brazo izquierdo de Phuc. Su ropa de algodón se derritió al contacto. Los árboles se convirtieron en ardientes antorchas. Sentía dolor agudo en su piel y músculos.

“Seré fea y ya no seré normal”, pensó mientras rozaba furiosamente con su mano derecha su brazo quemado. “La gente me verá de forma diferente”.

Impactada, salió corriendo por la Autopista 1 detrás de su hermano mayor. No vio a los periodistas extranjeros que estaban en la dirección hacia donde ella huía, gritando.
Entonces perdió el conocimiento.

Ut, el fotógrafo vietnamita de 21 años que tomó la foto, llevó a Phuc a un pequeño hospital. Ahí le dijeron que no había nada que hacer. Pero mostró su insignia de prensa estadounidense y pidió que los médicos la atendieran y le aseguraran que no la iban a olvidar.”Lloré cuando la vi corriendo”, dijo Ut, cuyo hermano mayor murió durante una asignación de la AP en el delta del río Mekong. “Si no la ayudaba, si algo le pasaba y moría, creo que me hubiera suicidado”.
Imagen
Nick Ut tenía 20 años cuando captó la imagen que recorrió el mundo y cambió
la percepción de la guerra en Vietnam.
Una imagen de la que se ha dicho que “nunca envejece”.
Al regresar a la oficina en Saigón, reveló su rollo. Cuando salió la imagen de una pequeña niña desnuda, todos temieron que fuera rechazada por la estricta política de la agencia contra la desnudez.
Pero el veterano editor de fotos en Vietnam, Horst Faas, la vio y supo que era una foto extraordinaria. Argumentó el valor fotográfico de la imagen más allá de otras consideraciones y ganó.

Un par de días después que la imagen impactara al mundo, otro periodista encontró que la pequeña niña de algún modo había sobrevivido al ataque. Christopher Wain, corresponsal de la televisora británica British Independent Television Network, quien le dio a Phuc agua de su cantimplora y le roció la espalda que se le quemaba, luchó para que la transfirieran a la unidad Barsky, operada por estadounidenses. Era la única instalación en Saigón equipada para atenderle sus severas lesiones.

“No tenía idea de dónde estaba o qué me había ocurrido”, recuerda Phuc. “Desperté y estaba en el hospital con mucho dolor y las enfermeras estaban a mi alrededor. Desperté con un terrible temor”.
Una tercera parte del pequeño cuerpo de Phuc recibió quemaduras de tercer grado, aunque su cara de alguna forma quedó intacta. Con el tiempo la piel quemada comenzó a sanar.

“Todos los días a las 8 de la mañana, las enfermeras me ponían en la tina de quemados para retirar toda mi piel muerta”, dijo. “Yo sólo lloraba y cuando no soportaba más, me desmayaba”.Después de múltiples injertos de piel y cirugías, Phuc finalmente fue dada da alta, 13 meses después del bombardeo. Ella ha visto la foto de Ut, que para entonces le hizo ganar el premio Pulitzer, pero ella todavía desconocía el alcance y poder de esa imagen.
Phuc sólo quería irse a casa y ser una niña otra vez.
Durante un tiempo, la vida regresó a la normalidad en cierto modo. La foto fue famosa, pero Phuc fue relativamente una desconocida, salvo para quienes vivían en su pequeña aldea cerca de la frontera camboyana. Ut y otros periodistas le hacían visitas ocasionales que cesaron después del 30 de abril de 1975, cuando las fuerzas comunistas del norte tomaron el control de Vietnam del Sur, lo que puso fin a la guerra.La vida bajo el nuevo régimen fue dura. El tratamiento médico y los analgésicos eran caros y resultaban difíciles de encontrar para la adolescente, que seguía sufriendo jaquecas y dolores intensos.
La joven trabajó intensamente y logró ingresar a la escuela de medicina para buscar su sueño de ser doctora. Pero todo terminó una vez que los líderes comunistas se percataron del valor propagandístico de la “niña del napalm” que aparecía en la foto.Se vio obligada a dejar la escuela y a volver a su provincia de origen, donde se le hacía participar en encuentros con periodistas extranjeros. Las visitas eran vigiladas y controladas. Se le indicaba qué debía declarar.
Sonreía e interpretaba su papel, pero el descontento comenzaba a consumirla.
“Quería escapar de esa imagen”, dijo. “Fui quemada por el napalm; fui una víctima de la guerra… pero crecí y me volví otro tipo de víctima”.
40 años
La niña junto al periodista que le salvó la vida

Se refugió en el Cao Dai, la religión de Vietnam, en busca de respuestas que no llegaron.
“Mi corazón era exactamente como una taza de café negro”, dijo. “Deseaba haber muerto en aquel ataque con mi primo, con mis soldados de Vietnam del Sur. Deseaba haber muerto en aquel tiempo para no sufrir así más… era muy difícil para mí soportar toda esa carga con aquel odio, ira y amargura”.
Un día, al visitar una biblioteca, Phuc encontró una Biblia. Por vez primera comenzó a creer que había un plan para su vida.

De pronto, una vez más, la foto que le había dado aquella fama indeseable, le abrió una oportunidad.
En 1982 viajó a Alemania Occidental para recibir atención médica con ayuda de un periodista extranjero. Luego, el primer ministro de Vietnam, conmovido por su historia, hizo los arreglos para que estudiara en Cuba.

historia
Estuvo al fin libre del escrutinio público, pero su vida distaba mucho de ser normal. Ut, que trabajaba entonces en la AP en Los Angeles, viajó para reunirse con ella en 1989, y encontró que no se le dejaba sola un solo momento. No hubo forma de que él supiera que ella quería de nuevo su ayuda, desesperadamente.”Sabía en mis sueños que un día el tío Ut me ayudaría a tener libertad”, dijo Phuc, quien se refirió a él usando ese término familiar, en una muestra común de afecto de los vietnamitas. “Pero estaba en Cuba, estaba realmente decepcionada porque no podía tener contacto con él. No podía hacer nada”.

Cuando estaba en la escuela, Phuc conoció a un joven vietnamita. Creyó que nadie la querría nunca, debido a las cicatrices que le cubrían la espalda y un brazo. Pero Bui Huy toan pareció amarla aún más por esa causa.

Ambos decidieron casarse en 1992 e irse de luna de miel a Moscú. En el vuelo de regreso a Cuba, los recién casados desertaron durante una escala en Canadá para cargar combustible. La mujer vietnamita se sintió libre.
Phuc habló con Ut para darle la noticia, y él la alentó a contar su historia al mundo. Pero Phuc estaba harta de dar entrevistas y de posar para fotografías.

“Tengo un marido y una nueva vida, y quiero ser normal, como todos los demás”, dijo.

guerra

Kim junto a su marido, en 1992

A la postre, la prensa encontró a Phuc, viviendo en Toronto. La mujer decidió que debía tomar el control de su propia historia. En 1999 se publicó un libro y se lanzó un documental, tal como ella quería que se hicieran.

Se le pidió ser embajadora de la Buena Voluntad de ONU para ayudar a las víctimas de la guerra.

Desde entonces, se ha reunido con Ut muchas veces para contar su historia.

Incluso viajaron a Londres para conocer a la reina.


“Hoy estoy feliz de haber ayudado a Kim”, dijo Ut, que sigue trabajando para la AP y que volvió recientemente a la aldea de Trang Bang. “La llamo mi hija”.

Después de cuatro décadas, Phuc, que tiene ahora cuatro hijos, puede finalmente mirar la foto en que corre desnuda, y entiende por qué sigue siendo tan poderosa. La salvó, la puso a prueba y finalmente la liberó.
“La mayoría de la gente conoce mi foto pero hay muy pocas que conocen mi vida”, opinó. “Estoy muy agradecida de… poder aceptar esta imagen como un regalo poderoso. Es mi elección. Así puedo trabajar con esto por la paz”.
vietnam

Fuentes de Información

ASI LUCE ACTUALMENTE EL LUGAR DONDE SE TOMO LA FOTO
ver video
THE girl will always be 9 years old and wailing “Too hot! Too hot!” as she runs from her burning village. She will always be naked after blobs of sticky napalm melted through her clothes and layers of skin like jellied lava.She will always be a victim without a name.It only took a second for Associated Press photographer Huynh Cong “Nick” Ut to snap the iconic black-and-white image 40 years ago. It communicated the horrors of the Vietnam War in a way words could never describe, helping to end one of the most divisive wars in American history.But beneath the photo lies a lesser-known story. It’s the tale of a dying child brought together by chance with a young photographer. A moment captured in the chaos of war that would be both her saviour and her curse on a journey to understand life’s plan for her.”I really wanted to escape from that little girl,” says Kim Phuc, now 49. “But it seems to me that the picture didn’t let me go.”It was June 8, 1972, when Phuc heard the soldier’s scream: “We have to run out of this place! They will bomb here, and we will be dead!”

Seconds later, she saw the tails of yellow and purple smoke bombs curling around the Cao Dai temple where her family had sheltered for three days, as north and south Vietnamese forces fought for control of their village.

The little girl heard a roar overhead and twisted her neck to look up. As the South Vietnamese Skyraider plane grew fatter and louder, it swooped down toward her, dropping canisters like tumbling eggs flipping end over end.

“Ba-boom! Ba-boom!”

The ground rocked. Then the heat of a hundred furnaces exploded as orange flames spit in all directions.

Fire danced up Phuc’s left arm. The threads of her cotton clothes evaporated on contact. Searing pain bit through skin and muscle.

“I will be ugly, and I’m not normal anymore,” she thought, as her right hand brushed furiously across her blistering arm. “People will see me in a different way.”

In shock, she sprinted down Highway 1 behind her older brother. She didn’t see the foreign journalists gathered as she ran toward them, screaming.

Then, she lost consciousness.

Ut, the 21-year-old Vietnamese photographer who took the picture, drove Phuc to a small hospital. There, he was told the child was too far gone to help. But he flashed his American press badge, demanded that doctors treat the girl and left assured that she would not be forgotten.

“I cried when I saw her running,” said Ut, whose older brother was killed on assignment with the AP in the southern Mekong Delta. “If I don’t help her – if something happened and she died – I think I’d kill myself after that.”

Back at the office in what was then US-backed Saigon, he developed his film. When the image of the naked little girl emerged, everyone feared it would be rejected because of the news agency’s strict policy against nudity.

But veteran Vietnam photo editor Horst Faas took one look and knew it was a shot made to break the rules. He argued the photo’s news value far outweighed any other concerns, and he won.

A couple of days after the image shocked the world, another journalist found out the little girl had somehow survived the attack. Christopher Wain, a correspondent for the British Independent Television Network who had given Phuc water from his canteen and drizzled it down her burning back at the scene, fought to have her transferred to the American-run Barsky unit. It was the only facility in Saigon equipped to deal with her severe injuries.

“I had no idea where I was or what happened to me,” she said. “I woke up and I was in the hospital with so much pain, and then the nurses were around me. I woke up with a terrible fear.”

Thirty percent of Phuc’s tiny body was scorched raw by third-degree burns, though her face somehow remained untouched. Over time, her melted flesh began to heal.

“Every morning at 8 o’clock, the nurses put me in the burn bath to cut all my dead skin off,” she said. “I just cried and when I could not stand it any longer, I just passed out.”

After multiple skin grafts and surgeries, Phuc was finally allowed to leave, 13 months after the bombing. She had seen Ut’s photo, which by then had won the Pulitzer Prize, but she was still unaware of its reach and power.

She just wanted to go home and be a child again.

For a while, life did go somewhat back to normal. The photo was famous, but Phuc largely remained unknown except to those living in her tiny village near the Cambodian border. Ut and a few other journalists sometimes visited her, but that stopped after northern communist forces seized control of South Vietnam on April 30, 1975, ending the war.

Life under the new regime became tough. Medical treatment and painkillers were expensive and hard to find for the teenager, who still suffered extreme headaches and pain.

She worked hard and was accepted into medical school to pursue her dream of becoming a doctor. But all that ended once the new communist leaders realised the propaganda value of the ‘napalm girl’ in the photo.

She was forced to quit college and return to her home province, where she was trotted out to meet foreign journalists. The visits were monitored and controlled, her words scripted. She smiled and played her role, but the rage inside began to build and consume her.

“I wanted to escape that picture,” she said. “I got burned by napalm, and I became a victim of war … but growing up then, I became another kind of victim.”

She turned to Cao Dai, her Vietnamese religion, for answers. But they didn’t come.

“My heart was exactly like a black coffee cup,” she said. “I wished I died in that attack with my cousin, with my south Vietnamese soldiers. I wish I died at that time so I won’t suffer like that anymore … it was so hard for me to carry all that burden with that hatred, with that anger and bitterness.”

One day, while visiting a library, Phuc found a Bible. For the first time, she started believing her life had a plan.

Then suddenly, once again, the photo that had given her unwanted fame brought opportunity.

She traveled to West Germany in 1982 for medical care with the help of a foreign journalist. Later, Vietnam’s prime minister, also touched by her story, made arrangements for her to study in Cuba.

She was finally free from the minders and reporters hounding her at home, but her life was far from normal. Ut, then working at the AP in Los Angeles, traveled to meet her in 1989, but they never had a moment alone. There was no way for him to know she desperately wanted his help again.

“I knew in my dream that one day Uncle Ut could help me to have freedom,” said Phuc, referring to him by an affectionate Vietnamese term. “But I was in Cuba. I was really disappointed because I couldn’t contact with him. I couldn’t do anything.”

While at school, Phuc met a young Vietnamese man. She had never believed anyone would ever want her because of the ugly patchwork of scars that banded across her back and pitted her arm, but Bui Huy Toan seemed to love her more because of them.

The two decided to marry in 1992 and honeymoon in Moscow. On the flight back to Cuba, the newlyweds defected during a refueling stop in Canada. She was free.

Phuc contacted Ut to share the news, and he encouraged her to tell her story to the world. But she was done giving interviews and posing for photos.

“I have a husband and a new life and want to be normal like everyone else,” she said.

The media eventually found Phuc living near Toronto, and she decided she needed to take control of her story. A book was written in 1999 and a documentary came out, at last the way she wanted it told. She was asked to become a UN Goodwill Ambassador to help victims of war. She and Ut have since reunited many times to tell their story, even traveling to London to meet the Queen.

“Today, I’m so happy I helped Kim,” said Ut, who still works for AP and recently returned to Trang Bang village. “I call her my daughter.”

After four decades, Phuc, now a mother of two sons, can finally look at the picture of herself running naked and understand why it remains so powerful. It had saved her, tested her and ultimately freed her.

“Most of the people, they know my picture but there’s very few that know about my life,” she said. “I’m so thankful that … I can accept the picture as a powerful gift. Then it is my choice. Then I can work with it for peace.”

 

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